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Espacio "Letra con Vida"

Panel "Ciencia, racialidad y sociedad"

Buenas tardes! En la tarde de hoy dedicamos el espacio Letra con Vida al tema “Ciencia, Racialidad y Sociedad”, para, como siempre, continuar reflexionando sobre la cultura de la salud y además, promover las novedades editoriales sobre estos temas.
Por un mundo más humano. Foto tomada de: Letra con Vida

Invitados

  • Zuleica Romay Guerra. Máster en Defensa Nacional y en Marketing y Dirección Comercial. Investigadora de la Sociología de la Comunicación. Presidenta del Instituto Cubano del Libro.
  • Rodrigo Espina Prieto. Máster en Antropología. Instituto Cubano de Investigación Cultural “Juan Marinello”.

Conducción: Dra. Alina Pérez Martínez

Alina Pérez:

Buenas tardes! En la tarde de hoy dedicamos el espacio Letra con Vida al tema “Ciencia, Racialidad y Sociedad”, para, como siempre, continuar reflexionando sobre la cultura de la salud y además, promover las novedades editoriales sobre estos temas.

En el día de hoy tengo como invitados a Zuleica Romay Guerra, quien es Máster en Defensa Nacional, Máster en Marketing y Dirección Comercial e investigadora de la sociología de la comunicación. Zuleica es, además, presidenta del Instituto Cubano del Libro. El otro invitado, Rodrigo Espina Prieto, es filólogo, Máster en Antropología, trabaja actualmente como investigador en el Instituto cubano de investigación cultural “Juan Marinello”. Presentados quienes me van a acompañar en el día de hoy, vamos a desarrollar como siempre, primero el panel y luego abriremos el debate para que todos puedan participar. 

Alina Pérez:

Las recientes investigaciones científicas ratifican la ausencia de diferencias naturales en la especie humana entre los individuos llamados “blancos” y los “no blancos”, lo que no excluye la existencia de las razas como construcciones sociales históricamente determinadas. En este sentido, formulo hacer dos preguntas. ¿Cuáles son esas evidencias científicas más recientes que ratifican la no existencia de las razas? y ¿cómo se han expresado las relaciones de poder entre los diferentes grupos raciales?

Rodrigo Espina:

En mi caso, soy antropólogo, mejor dicho, soy filólogo y Máster en Antropología sociocultural, ciencia a la que me he dedicado en los últimos veinte años, y estos saberes de los que me preguntas pertenecen a la Biología, a la Antropología física. Pero uno siempre tiene que leer de estas cosas para poder tener presupuestos científicos al enfrentar el trabajo en las ciencias sociales.

El término raza es muy debatido en la Cuba de hoy. Creo que no hay conversación, en nuestro país multirracial, en que no surja de alguna forma una referencia al tema racial, ya sea por un chiste, ya sea por una actitud, un criterio, una relación. A veces se hace una omisión consiente: no voy a decir esto por no herir…

El término raza, lingüísticamente hablando, no tiene un origen exactamente definido. Lo más aceptado es que sea de origen árabe, con un significado de cabeza de ganado. En la antigüedad, aunque el hombre siempre usó determinados criterios para diferenciar, para clasificar a los otros y a sí mismo, no existía el término raza, se empleaban otros términos  A veces el vocablo con que los pueblos, los etnos, las etnias, se denominaba a sí mismos, el endoetnónimo, era un término que significaba “nosotros los hombres”, dejando patente que los otros no lo eran. Es a partir del siglo XVII que comienza el uso de este término, sobre todo en la botánica y de esta ciencia pasó a las ciencias sociales. Según nos noticia Fernando Ortiz, el primer documento en que aparece el término raza es el comentario de un viajero, Nueva división de la tierra por las diferentes especies o razas de hombres. Aquí aparecen criterios estigmatizantes sobre el  “otro”. Durante el siglo XIX, el término “raza” se fue convirtiendo en un concepto cenital, sobre todo para la Antropología, disciplina que pugnaba en ese siglo por convertirse en una ciencia independiente, como muchas otras en el mismo período, y en esto influyen hechos como, por ejemplo, la taxonomía propuesta por Linneo para la clasificación de los seres vivos, y las investigaciones de Darwin sobre la teoría de la evolución, a la que le brinda cientificidad.

Sin embargo, habría que decir que siempre hubo voces desde posiciones científicas, religiosas y humanistas, opuestas a estas clasificaciones discriminatorias del ser humano a partir del espurio concepto de raza.

En el terreno empírico, quizás el primero fue Franz Boas (1858-1942), un antropólogo norteamericano, nacido y educado en Alemania, de origen judío, quien estudia y demuestra la adaptación de los fenotipos de los individuos a las diferentes condiciones del medio ambiente, por lo tanto, dejó sin validez los conceptos de raza  a partir de las características del color de la piel, el pelo, determinadas medidas antropométricas, de la nariz, etc., y junto con otros antropólogos. Una referencia obligada es siempre Martí quien desde su posición humanista, con esa preclaridad, palabra que no existe en el diccionario, pero que a mí me gustó mucho cuando la escribí, apostó decididamente por la no existencia de razas humanas y enfrentó fuertemente con su verbo y su acción cualquier actitud en la lucha libertaria que promoviera una separación del pueblo cubano a partir de estos criterios raciales. Pero la pregunta va más a lo actual. Hice un recorrido, una parábola, para caer en lo actual.

Todos conocemos la investigación llamada Proyecto Genoma Humano. Muy difícil de comprender por los que no somos biólogos, bioquímico, médicos; pero hemos oído referencias. Sabemos que fue una investigación muy fuerte y profunda; que por más de 15 años varias instituciones públicas y privadas en Estados Unidos y Europa se volcaron a esta tarea que ha sido comparada con la llegada del hombre a la luna, de tan difícil, costosa e importante para la especie humana. Desde el punto de vista médico, tiene una importancia tremenda, la posibilidad de prever y de curar enfermedades. Para la paleontología, para la antropología, para la demografía, en relación con el estudio, desarrollo y evolución del hombre,  para el estudio de las migraciones, es extraordinariamente importante. Ahora también tiene tremenda importancia en el sentido de desacreditar aún más, porque yo pienso que es un concepto muy desacreditado de todas maneras, el concepto de raza aunque lo empleemos en nuestras conversaciones y aunque en nuestra educación personal, si nos miramos por dentro, tenemos ahí el bichito de la raza, y más aún, el del racismo.

Según los resultados obtenidos en las investigaciones sobre el genoma humano, los factores biológicos en que se fundamenta el concepto de raza, estarían referidos solo a rasgos externos, porque a partir de los estudios de los árboles filogenéticos, del polimorfismo nuclear del ADN mitocondrial, se nos dibuja un panorama completamente diferente de la noción de raza que tenemos, en el que le atribuimos a un sujeto, por el color de su piel, determinado comportamiento social. Claro está, no tengo que advertirlo, pero lo sabemos, cuando nosotros decimos raza, no solo estamos diciendo un negro o un blanco.

Los blancos, cuando hablamos de raza –y me atribuyo la condición de blanco, habría que ver que piensan los “otros”- generalmente pensamos en el negro. Nosotros no estamos solamente diciendo un color de piel, estamos atribuyéndole a ese color de piel determinadas actitudes, comportamientos, posicionamiento, psicología, etc. y estoy hablando en los términos más nobles, más suaves. Podríamos después desarrollar esos términos un poco más. Los datos que aportan esta secuenciación obtenida del genoma humano, nos están brindando la información de que la humanidad, todos nosotros, compartimos el 99,99% del genoma y solo nos diferenciamos en un 0, 01% que son los que aportan estas diferencias fenotípicas, físicas, que observamos. Si miramos a nuestro alrededor, a todos nosotros, podríamos clasificar a las personas presentes en negras, carmelitas, amarillas, colorados, blancos, blancos casi ninguno, en este público,   ninguno es albino; sin embargo, cuando uno profundiza se da cuenta de que es un puro esquema, que tiene muchas implicaciones de carácter social detrás. Lo que nos está diciendo esa investigación  es que la diferencia génomica máxima sería del 0,01%. A lo mejor entre Zuleica y yo, a pesar de nuestros colores de piel respectivos, hay menor diferencia.  He visto en la televisión cubana un documental del Discovery, en el que se hacen investigaciones sobre el genoma a cinco personas y resulta que la mayor concordancia genética ocurre entre un descendiente de aborígenes norteamericanos  con su pelo largo, lacio, etc., y una mujer griega de piel blanca. ¿Qué nos está diciendo, entonces, esto? ¿Qué fundamento tiene? Estamos hablando a nivel del genoma.

Realicé una pequeña investigación entre 1997 y 2003. Entrevisté, de forma individual a ciento diez y siete (117), extranjeros, algunos de ellos, turistas venidos a disfrutar de nuestra isla; otros, colegas conocidos en diferentes eventos internacionales en los que participé, provenientes de Europa, América del Norte, Centroamérica y América del Sur. Todos eran blancos o clasificados por mí como blancos. En esta entrevista les hice solo tres preguntas, con el mayor rigor posible, contando con su consentimiento autorizado, sentados en lugares adecuados previamente escogidos por mí, de acuerdo a las circunstancias en que nos encontrábamos. Entrevistar ciento diez y siete personas, en esas condiciones, aunque sean tres pregunticas, no es fácil. La primera pregunta era: ¿en su país existe marginalidad?, ¿hay marginales? A priori, yo podía haber dicho que sí, pues es un flagelo que ninguna sociedad ha podido eliminar, aunque se haya reducido sensiblemente en algunos. La inmensa mayoría, muy cercana al ciento por ciento, me dijo que sí, que existía marginalidad en sus países. La segunda: ¿cómo es el comportamiento social de esas personas? La mayoría de las respuestas iban dirigidas a estigmatizar a esas personas: vagos, borrachos, escandalosos, golpean a sus parejas, discuten y se fajan entre ellos, mal vestidos, viven en malas condiciones, brutos, ignorantes, sobre todo los niños. La tercera pregunta: ¿cuál es el color de la piel de esas personas? Entre los entrevistados hubo cuatro finlandeses, la marginalidad de Finlandia es blanca, rubia, miden seis pies y dos pulgadas y ganan la jabalina en las Olimpiadas. Estoy haciendo uso de estereotipos. Y así de acuerdo el país que fuera, la marginalidad se coloreaba o no. Si es en España, se mencionaba a los gitanos, aunque también se incluían africanos y a españoles propiamente. Un inglés me habló de los irlandeses, que son “los negros” de esas islas.

Qué me dijeron estas entrevistas: que el color de la piel no tiene ninguna implicación en el comportamiento social de los individuos, que este depende de la posición socioclasista histórica en que está inserto. Hay una frase de Martí que empleo constantemente porque para mí es un curso sobre el papel de la ciencia, sobre metodología científica, sobre ética científica, todo concentrado en una pequeña frase que Martí empleó en dos ocasiones, una de ellas en su artículo sobre el pensador norteamericano Ralph Waldo Emerson: La ciencia confirma lo que el espíritu posee. Confirmar, según el diccionario de la Academia es corroborar la verdad, certeza o el grado de probabilidad de algo; revalidar lo ya aprobado; asegurar, dar a alguien o algo mayor firmeza o seguridad.

Por lo tanto, la ciencia tiene que decir: “mira, mira y mira, prueba, prueba y prueba, comprueba, comprueba y comprueba. Confirma. Hay que ir al laboratorio mil veces. Hay que ir a entrevistar a miles de personas para demostrar, para decir algo que, quizás, todos sabemos o sospechamos o avizoramos.

Los términos con los que calificaban los sujetos entrevistados a los “marginales”, coinciden con lo que nosotros decimos  de aquellos sujetos que consideramos que viven en la marginalidad que, en nuestro país, aún está signada por el color de la piel. La propia palabra de marginalidad también se convirtió en tabú, como en su momento lo fue racismo, hasta que un día Fidel la empleó en un discurso y se nos abrieron las entendederas sobre las causas de esa “marginalidad”. ¿Hay marginales? ¿Hay personas que están viviendo en condiciones de marginalidad? ¿De qué color de piel son? ¿Hemos podido revertir este proceso? Bueno, cada uno tiene su respuesta. Yo tengo la mía, pero cada uno tiene su respuesta.

Había una segunda pregunta entre las que me hizo la moderadora. Tengo que hacer una aclaración. El lenguaje nos tiende trampas. El concepto de raza se inhabilita, no tiene validez, sin embargo lo seguimos empleando, aparece en títulos de libros, en artículos. Si es un concepto que no tiene validez científica ni en las ciencias biológicas, o al menos no tiene utilidad, ni en las ciencias sociales, ¿qué vocablo emplearemos? No siempre puedo utilizar el color de la piel para referirnos al concepto que encierra el vocablo raza, que es mucho más amplio que color de la piel. ¿Caeremos en esa trampa? No tengo un término sustituto, como no lo tengo para el de tolerancia, que rehúyo al hablar de estos temas, porque tolera el que tiene poder. Uno le dice al hijo: te voy a tolerar o no te voy a tolerar. Prefiero “convivencia”, pero no es el sustituto ideal para tolerancia.

Ahora sabiendo que no tengo –no tenemos- un sustituto para el vocablo raza, ¿Cómo se expresa las relaciones de poder entre los diversos grupos raciales? Ortiz nos apunta en su libro El engaño de la raza, que las razas son “todas ellas impuras y arbitrarias, como los racismos, siempre agresivos y todos bastardos”, y las cursivas son mías.

Por lo general pensamos y decimos: “Yo soy bueno; yo no soy racista, pero…” y entonces expresamos algún criterio adverso contra las personas de determinado color de piel. Por eso los investigadores del proyecto en que yo participé y que estudiamos durante más de 10 años las relaciones raciales en Cuba, decimos que en Cuba existe un racismo de “pero”. “Yo no soy racista, pero los negros son del cará”. Eso es de una violencia tremenda. Es más, he entrevistado un  matrimonio mixto, hombre blanco con mujer negra, y él me ha dicho “Los negros son de madre, lo que pasa es que ella es una negra diferente”. Y lo peor de todo para mí, es que la negra asintió con una gran sonrisa, ufana, complacida de ser diferente… ¿Diferente de quién?: de su madre, de su padre, de su familia. Para mí la violencia mayor venía en esa posición que tenía que asumir o que asumió -cada cual sabrá su propia situación en su matrimonio-, pero es una violencia tremenda. Las relaciones de poder se dan, primero, porque esas relaciones se naturalizan, se ven como naturales, es lo correcto. La posición que ocupa  el negro es natural. Es natural que los blancos estén en los puestos claves, con las mejores condiciones de vida, con más oportunidades…. Estoy hablando en general, lo mismo en Cuba que en otros países. Que el negro sea maletero, en el mejor de los casos, eso es natural; que esté viviendo en esas pésimas condiciones, eso es natural… Porque el  racismo es un ejercicio de poder. Cuando se ejerce el racismo, se está ejerciendo un poder. Si no tengo poder, podré tener todos los prejuicios del mundo –es una cosa- pero no puedo ejercer la discriminación. Es la posición que ocupa el negro, el mestizo, el que sea discriminado.

El primer sujeto investigado por mí, cuando comenzamos a ejecutar el proyecto, fui yo mismo, al completar la guía de entrevista que confeccionó una compañera del equipo, como práctica, para poder llevar al otro día mis criterios sobre la factibilidad del instrumento de investigación. Cuando observé los resultados, tuve que admitir que fui educado en esta sociedad como un racista.

Un prejuicio, una vez instalado en la conciencia de un individuo, no puede eliminarse. Por lo tanto, el racismo, como prejuicio que es, no puede eliminarse en una persona. Pero sí es posible todos los días atenuarlo, cercarlo, acorralarlo.  Yo me levanto todos los días y me digo: “hoy le quito una lasquita a esa gran piedra que es el racismo que me limita, que no me permite disfrutar esta extraordinaria diferencia que caracteriza a nuestro etnos. No asumo responsabilidades  anteriores, pero sí la responsabilidad de todos mis actos a partir de que me di cuenta de que actuaba como un racista; pudiera decirse, que ejercía un racismo colectivo, de grupo, del que yo no era consciente. Pero ahora sí lo estoy, y estoy en contra de esa educación, por lo que todos los días trato de ser mejor. No solo en relación con el racismo. Algunos años estudiando el prejuicio racial, me han permitido identificar “otros” contra los que también lucho, aunque no sea un especialista en estos.

Alina Pérez:

Para los interesados en esta dimensión antropológica y cultural del tema racialidad, les recomendamos este libro que acaba de editar la fundación “Fernando Ortiz”, con el título “El legado de las razas de Fernando Ortiz”, y por otro lado, un artículo publicado en la revista “La letra del escriba”, con el título “Qué es lo negro en la cultura popular negra”.  Hablando de esta visión literaria del tema, seguramente ustedes recordaran este texto:

Sombras que solo yo veo

me escoltan mis dos abuelos.

los dos se abrazan, los dos suspiran.

los dos las fuertes cabezas alzan

los dos del mismo tamaño bajo las estrellas altas

los dos del mismo tamaño,

ansia negra y ansia blanca.

Así expresa Nicolás Guillén, poeta nacional e hijo de nuestra rica herencia multirracial, el abrazo del blanco y el negro, los dos del mismo tamaño bajo las estrellas altas. Pero sucede que varios siglos de esclavitud y de discriminación racial pesan demasiado en la conciencia social de una nación. Al respecto, yo quisiera preguntarle a Zuleica, quien es una investigadora de las Ciencias Sociales y que ha profundizado el análisis de nuestras relaciones raciales desde la comunicación. Desde el punto de vista de los procesos de comunicación interpersonal, ¿cómo se expresan las relaciones raciales en el contexto cubano?

Zuleica Romay:

Buenas tardes a todos!. La comunicación sirve para expresar, pero también para ocultar lo que pensamos. Ha tenido siempre las dos finalidades y por tanto, cuando en una sociedad hay un tema que por alguna razón se vuelve espinoso, la comunicación en su manera de desarrollarse expresa todas las tensiones que la sociedad porta y que muchas veces no se pueden expresar de otra manera. Por eso es que en Cuba, sobre todo del 59 hacia acá, al tema racial muchas veces los cubanos le aplicamos esa fórmula que aprendimos con los colonizadores españoles que es decir jugando lo que no se puede expresar en serio. Ustedes saben que era la mejor manera de conspirar y burlarse del gobierno autoritario de España. Y por tanto, nosotros seguimos, en el tema racial, tratando de darle salida a nuestros prejuicios, a nuestros estereotipos y a nuestras ideas o a nuestras calificaciones negativas sobre el otro en forma de broma, chiste, o de sentencia popular. Nuestra tradición oral ha preservado sentencias populares que jerarquizan racialmente a las personas, hay proverbios para los blancos, proverbios para los mulatos, proverbios para los negros y los proverbios tienen sentido positivo o negativo en dependencia de la manera en que la persona se posicione con respecto al otro que distingue racialmente de sí mismo. Lo que hoy pasa en la comunicación nuestra, uno lo tiene que ver como el resultado de una historia muy antigua, pero también de una historia que se escribe todos los días. O sea, nosotros tenemos la herencia y tenemos nuestros propios aportes cotidianos y sistemáticos a la racialización de las relaciones que tenemos con las otras personas. Cierto es que hemos hecho muchas cosas por la emancipación del ser humano, pero la sociedad cubana sigue siendo una sociedad clasista, últimamente poco se escribe sobre eso, ya a muchos se nos ha olvidado. Es verdad que aquí los ricos no son ricos por la posesión privilegiada que tienen de los medios de producción y es verdad que los pobres, afortunadamente, pueden ofrecer mucho más que su fuerza de trabajo, pero esta es una sociedad clasista y es una sociedad racializada porque en Cuba la raza, como construcción cultural, sí tiene una significación social. Significa y tiene consecuencias ser blanco, ser negro, ser mestizo y dentro del rejuego superclasificatorio que organizaron los españoles, no es lo mismo ser un negrito colorado que un negro prieto y no es lo mismo ser un mulato blanconazo que un mulato sin apellido –ya se sabe que el pelo no está muy bien-; y no es lo mismo pasar por blanco que ser un jabaíto con una nariz más o menos y un pelito rizado, que cree que y se pasa la vida hablando de sus ancestros españoles para acreditar una condición racial superior. Nosotros hemos heredado culturalmente toda esa manía clasificatoria para diferenciarnos racialmente unos de otros, incluso dentro del mismo “grupo racial”. De esta manía discriminatoria y de esta percepción racializada del otro participamos los cubanos de todos los colores. Y los que tenemos familia de todos los colores, sabemos cómo funciona eso. “¿Y cómo es el marido de tu prima?”, “Bueno, “ya tú sabes que no aportó mucho al adelantamiento racial de la familia”. “¿Y cómo es fulanito? Bueno, se ve bastante bien, él tiene el pelo muy bueno”. Se trata de una herencia cultural de la que nos es muy difícil desprendernos porque, a nivel ideológico y simbólico, tiene una relativa autonomía. Fidel en el año 59, en una comparecencia televisiva, dijo algo que hemos repetido y citado mucho: “Hay gente que se cree culta y son racistas, hay gente que se creen educadas y son racistas, hay obreros que son tan racistas como cualquier señorito adinerado”. Y es porque las representaciones que uno hace de los demás, vistas en términos raciales, tienen un nivel de compatibilidad muy alto. Quiere decir que pueden coexistir, incluso, con pensamientos totalmente opuestos y por eso es que una persona puede ser militante del Partido y ser racista, y una persona se puede llamar revolucionaria y ser racista, y una persona puede haber ido a Angola, haber arriesgado su vida y regresar a Cuba y seguir durante toda su vida pensando que los negros son inferiores. Como es una actitud de la que nadie se enorgullece, como es una actitud que la mayoría de las personas racionaliza sobre todo en una sociedad que se proclama equitativa, la mente lo sitúa en una especie de estancos y mucha gente tiene una manera de ver, por ejemplo, los procesos políticos, y otra manera de ver las relaciones raciales. Su percepción de los procesos políticos es de vanguardia, del siglo XXII, supercomunista, y su percepción de la realidad racial es retrógrada, es racista y es del siglo XIX. Eso puede ocurrir de forma bastante natural porque es el ser humano manejando sus propias contradicciones.  Hoy todavía en Cuba hay gente que manifiesta su homofobia y encuentra alguna solidaridad; pero la gente, cuando no le queda más remedio, cuando no puede evitar expresar un sentimiento inferiorizante con relación a otro, entonces acude a lo que ya sabemos: la broma, el chiste, la sentencia popular. “Tenías que ser negro”. “Los negros si no lo hacen a la entrada lo hacen a la salida”. “Me aprendí otro chiste que dice que el negrito no sé que”. La gente canaliza esas representaciones y esas actitudes que tienen hacia el otro de manera que le permite, si alguien protesta, decir: “Chico, si era jugando.” La representación racial es estructuralmente transversal, o sea, pueden compartir una misma representación un obrero que viva en un solar y una persona que viva en una residencia en Miramar y, a partir de la forma en que ven al otro, comparten esa manera de representárselo y de actuar con relación a él. Por eso, el problema de nosotros es tan complicado, porque no solo es lo que heredamos. Es lo que nosotros heredamos y no somos capaces de transformar. Es lo que nosotros heredamos y no somos capaces de, quizás, renunciar a él, pero también es lo que nosotros reproducimos en nuestra misma vida cotidiana; y los propios factores de crisis, desigualdades, de imposición de cánones blanquizantes y otras muchas cosas, van reproduciendo en nuestra sociedad el prejuicio y alimentando constantemente los estereotipos. Este libro, de un colectivo de autores del Instituto de antropología, la tesis de maestría de María Magdalena Pérez, las cosas que publicó Rodrigo Espina y varios compañeros en una revista “Temas” hace como 5 o 6 años. Cuando tú lees todos esos estudios –porque, bueno, yo para escribir traté de buscar todo lo que habían hecho otros investigadores-, cuando analizas los estudios que en Cuba se han hecho durante los últimos 20 años y los comparas, te sorprenden varias cosas. Primero, que casi todas las investigaciones, independientemente de la forma en que tú preguntes, reflejan el mismo problema, las mismas actitudes y las mismas representaciones. Y lo más interesante, las representaciones son compartidas, o sea, cuando usted pregunta, cuando usted en una entrevista individual o en una encuesta le pide a la gente que le dé calificativos o que le asigne adjetivos a los diferentes grupos raciales, los blancos, los negros y los mestizos coincidimos bastante. Cuando usted le pide a la gente que te diga qué ocupaciones o en que profesiones son mejores, los negros también pensamos que somos buenos para el deporte y la construcción, y que los gerentes y directivos son blancos. ¿Cómo es posible con 55 años de Revolución? Hoy siguen existiendo condiciones que favorecen la reproducción de esas representaciones, porque esa pirámide de la que hablaba Rodrigo desde el siglo XIX está coloreada de la misma forma. Es oscurita abajo y, por supuesto, como todas las pirámides, es ancha abajo y muy estrechita arriba, y abajo es obscurita y arriba es clarita.  ¿Qué es lo que ha cambiado? La parte intermedia. No todos los oscuros están debajo, ya hay algunos en el medio y puede ser que la parte de arriba de la pirámide tenga algunos punticos. No es la misma pirámide del siglo XIX, pero la división, la distribución de los colores sí sigue siendo la misma. Sigue siendo la misma porque la gente, a escala familiar, también reproduce una determinada manera de vivir.

Esos procesos de transmisión cultural explican por qué, cuando llegas al siglo XXI, que la negra, el negro, el mulato, la mulata del siglo XXI, siguen admitiendo, siguen reconociendo defectos que le achacaron en el siglo XIX; es algo verdaderamente doloroso. Y al final lo único que se demuestra es que los comportamientos tienen una raíz cultural y que una parte de ellos son heredados, a escala familiar o social. Fíjense si es cultural y es lo último que voy a decir porque a mí me encanta hablar y si no se va a ir el tiempo de esta actividad, que las reacciones ante estos fenómenos también son compartidos. ¿Que qué ocurre? Pues que aquí la gente se acompleja. Mientras más seria es la función social que tiene la persona, más seria se pone si tú hablas demasiado sobre el tema. No es lo mismo hablar con un vecino que con alguien que tiene un cargo; hablar con alguien que tiene una tarea intelectual que hablar con otro  que tiene un cargo administrativo o político porque la gente siente como si tú estuvieras criticando y estuvieras diciendo que la Revolución se hizo por gusto. Hay gente que reacciona muy inmaduramente, cuando tú dices la menor cosa. ¿Por qué nosotros somos tan susceptibles con esto? Porque es un tabú desde hace un montón de tiempo. Todavía para algunos compañeros, los que hablan del problema son los que lo quieren complicar. Basta leerse lo que escribió Juan Gualberto Gómez en 1890: “Y sabemos que van a decir que nosotros somos los del problema” porque las reacciones ante el tema tabú son las mismas de hace 200 años, echarle la culpa al que lo está diciendo, sin ningún tipo de razonamiento. Es verdad que el que lo está diciendo, a veces no lo dice de la mejor manera. Es verdad que a veces el que lo está diciendo tiene una posición fundamentalista, porque también los hay que responden al prejuicio y la discriminación con cierto fundamentalismo racial. Y yo me dije: “¿Esto será un problema del socialismo? ¿Será que nosotros estamos acomplejados porque la Revolución no ha resuelto esto?” Bueno, pues ustedes pueden creer que no. En Brasil, en Perú, en Colombia, en Venezuela, en Panamá, la sociedad también muestra reticencia a admitir que hay racismo y discriminación racial y la gente tiene diferentes justificaciones. Hasta hace muy poco tiempo en Brasil se calificaban como una democracia racial, los de Panamá dicen que aquello es un crisol de razas, los de Perú que todos son iguales ante Dios, pero lo cierto es que a las sociedades les cuesta mucho trabajo admitir eso. Ya en los años 50 hubo un sociólogo brasileño Florestan Fernandes, que le decía a eso el prejuicio de no tener prejuicios, es la resistencia de la sociedad a admitir que tiene un problema que no sabe cómo va a resolver. Entonces yo empiezo a buscar información e incluso a buscar investigaciones hechas en otros países, y me convenzo de lo que ha dicho tantas veces Fernando Martínez Heredia de que es un problema cultural y de que el racismo es parte constitutiva de nuestra cultura, de casi todos los países que fuimos colonias a partir del siglo XVI.

Alina Pérez:

Hace más de 10 años, septiembre del 2000, en la ciudad de Nueva York, el Comandante en Jefe Fidel Castro expresaba ante un auditorio compuesto principalmente por afronorteamerianos y latinos:

“No pretendo presentar a nuestra Patria como un modelo perfecto de igualdad y justicia. Creíamos al principio que al establecer la más absoluta igualdad ante la ley y la absoluta intolerancia contra toda manifestación de discriminación sexual, como es el caso de la mujer, o racial, como es el caso de las minorías étnicas, desaparecerían de nuestra sociedad. Tiempo tardamos en descubrir –se los digo así- que la marginalidad y con ella la discriminación racial de hecho es algo que no se suprime con una ley ni con 10 leyes. Y aún en 40 años nosotros no hemos logrado suprimirla totalmente”. Fin de la cita. 

Diez años de investigaciones del Instituto de Antropología y otras instituciones, algunas de ellas publicadas en este libro, “Las relaciones raciales en Cuba”, editado por la Fundación “Fernando Ortiz”, aportan datos reveladores en relación con la situación racial en nuestro país. Entonces, quiero preguntarle a Rodrigo, que fue uno de los coautores del libro, ¿cuáles son los resultados más significativos que tipifican la  situación actual de las relaciones raciales en los territorios que ustedes estudiaron?

Rodrigo Espina:

Estuve sacando la cuenta después y fueron mucho más de 10 años; como ya dije fueron alrededor de quince años.  Esto es importante. Desde finales de los ‘80, cuando el tema no se tocaba, se había convertido en tabú, ninguna institución lo estudiaba y solo había algunas voces que denunciaban el hecho del racismo en nuestra sociedad –yo siempre menciono a Tomasito Fernández Robaina, quien caracteriza el período como de sordera, cuando otros lo han calificado como de silencio, en relación con el tema que estamos tratando-, en el hoy Instituto Cubano de Antropología  se comenzó a preparar un proyecto para el estudio de las relaciones raciales en Cuba. El emplear esta expresión: “relaciones raciales”, fue un acierto, porque si decíamos “racismo”, posiblemente no se nos aprobara el proyecto, porque no se puede estudiar lo que no existe y en aquellos momentos se pensaba  y se había afirmado en un libro, que ese flagelo, el racismo, se había acabado para siempre en nuestro país. Para mí fue un acierto aquella expresión. Así que en el año ‘91 comenzamos a trabajar los barrios de Carraguao y Atarés. Período especial, no nos podíamos mover demasiado en la ciudad por los problemas económicos; no había transporte, entonces estudiamos los barrios que estaban alrededor del Instituto en el Cerro. En 1996, cuando se instaura el trabajo en las ciencia a partir de programas,  presentamos al Programa Sociedad Cubana, el proyecto “Relaciones raciales y etnicidad en la Cuba contemporánea” y un segundo, de continuidad en el 2003, que terminó en el 2006, o sea, que fueron alrededor de quince años, de conformación de una metodología, de aciertos y errores, de discusiones y renuencias por parte de otros a aceptar los resultados. Aunque el equipo que trabajó en ese proyecto ya no existe como tal, cada uno de nosotros ha seguido trabajando la temática. Niurka Núñez, Pablo González y yo, por precisar a los tres que nos mantenemos en esta línea de trabajo, y en ocasiones nos reunimos para preparar algún taller, evento, o curso. Hay una fuerza en ese sentido, una experiencia.

Pero como dice la propia pregunta, hay otras instituciones. Está el Centro de Estudios Demográficos (CEDEM) de la Universidad de la Habana, el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), las Facultades de Psicología y la Filosofía e Historia, el Instituto de Filosofía, el Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello, donde trabajo actualmente, por solo mencionar las más conocidas y que radican en La Habana, pero en ese llamado interior, también hay investigaciones. Pudiera mencionarse la Casa del Caribe de Santiago de Cuba que fundara Joel James.

Voy a referirme aquí a los resultados fundamentalmente de las investigaciones en que yo participé y otra más que me resulta muy interesante, sobre todo pensando en la relación de este tema con la salud, que está hecha por Albizu Campos, investigador del CEDEM.

La investigación en que participé, se llevó a cabo mediante los dos proyectos mencionados. Se desarrollaron en diversos barrios de La Habana; en los del Condado y El Carmen, en Santa Clara: el Condado es el barrio del músico José Luis Cortés, el Tosco, que siempre lo menciona, y el Carmen es el barrio fundacional de la ciudad; en Santiago de Cuba trabajamos en el Consejo Popular Los Olmos, que incluye parte del tradicional barrio de Los Hoyos y el reparto Sueño.

Voy a referirme a los resultado de carácter más objetivo obtenidos en las investigaciones; porque creo que si un mérito tiene ese libro es que mostramos con datos, demostramos, confirmamos –recordemos la frase de Martí- la persistencia del racismo en Cuba, en su condición de herencia, como racismo residual, replegado, más bien agazapado, que ha sabido aprovechar las brechas que han ido quedando en el accionar de la Revolución y, sobre todo, las nuevas y adversas condiciones económicas y sociales a partir del período especial. No es un libro de anécdotas –que también son muy útiles. En este libro se ofrecen datos a partir de las más de 5 000 personas entrevistadas, de las entrevistas a los miembros de las 122 familias seleccionadas. Los que han entrevistado familias, que fue la tarea que le tocó al equipo en que yo participé, desde una perspectiva antropológica o sociológica, en general, desde la perspectiva de las ciencias sociales, saben que no es fácil llegar a 122 viviendas, tocar, tratar de entrar varias veces para observar la dinámica familiar, recibir el álbum de las fotos de la boda de la abuela,  para  verificar todo lo que le decían, ver la dinámica con los vecinos, con los amigos, tratar de ver al muchacho, cuando sale el sábado, si es posible, con qué grupos de amigos lo hace. Todo eso se trató de hacer. Visitar a 122 familias equivalía a un itinerario antropológico tremendo en el barrio.

Entre los resultados podríamos enunciar, por ejemplo, en la ocupación del espacio urbano, que existe predominio de la población negra en las áreas o barriadas más deprimidas y más populares y que, por el contrario, en los barrios residenciales es preponderante el componente blanco.

En relación con la vivienda, el estudio del barrio Carraguao evidenció que más del 50% de los residentes en ciudadelas eran negros, situación que se repite en los barrios estudiados. Si comparamos esta cifra con la composición por color de la piel que ofrece el Censo del 2002, cifras que se discuten, que no son totalmente creíbles, pero que nos permiten establecer comparaciones -65,05 de población de color de piel blanca, 10,08 de negros y 24,08 de mestizos, nos daremos cuenta de la desproporción, la sobrerrepresentación de los negros y mestizos en ese tipo de vivienda.

Otro dato aportado por la investigación relacionado con la ocupación del espacio urbano y la vivienda, es la residencia de un sustancial número de obreros, o sea la base de la pirámide clasista, en estas ciudadelas y solares.

En relación con la presencia de los sectores económicos, se verifica una mayor presencia de negros y mestizos en el sector no emergente de la economía; en el emergente, la proporción de estos, aunque más baja, está muy próxima a la media nacional.

En el sector no emergente o tradicional de la economía, presencia mayoritaria de negros y mestizos en el grupo de los obreros, y significativa y alta proporción de profesionales técnicos en estos grupos en el sector tradicional. O sea, que sí hay muchos profesionales negros, pero ¿dónde están? En el sector tradicional. Están fuera, como diría Taladrid, de la ruta del dólar. Los que aparecen en el sector emergente, lo hacen en áreas, en actividades, no vinculadas directamente a las mejores posibilidades económicas. Esto es a partir de tendencias.

En relación con ingresos alternativos, en este caso, las remesas, que depende de la composición por color de la piel de la emigración cubana y de su posicionamiento en el país receptor, llegan a los blancos, 2,5 veces más que a los negros y 2,2  más que a los mestizos. O sea, los blancos reciben más remesas. Según la ocupación, las remesas llegan 2,4 veces  más a los empleados del sector emergente que a los del sector no emergente. O sea, los que están mejor ubicados, reciben, además,  una mayor cantidad de remesas.

Otro ingreso alternativo, las propinas se reciben 1,6 veces más entre los blancos que en entre los negros y 1,4 más que los mestizos. Los negros la reciben 1,2 veces menos que los mestizos.

Venta de productos normados por la libreta: recurren los blancos 3,7 menos veces que los negros y estos 2,1 veces más que los mestizos. En el sector emergente, 2,1 veces menos frecuente que en el no emergente.

En relación con la realización de trabajo extra: los blancos hacen un menor uso de este. Si están mejor ubicados laboralmente, reciben más remesas y viven en mejores condiciones, que son los ejemplos empleados aquí, pues están menos necesitados de realizar trabajo extra para la obtención de dinero

Movilidad sociolaboral: Estos resultados que voy a informar no pertenecen al proyecto del Instituto Cubano de Antropología, sino a otra investigación desarrollada por el equipo de estructura socioclasista del CIPS, dirigido por la doctora Mayra P. Espina Prieto y en la que participé. En la muestra obtenida para esa investigación, 111 sujetos, lo más típico es el cambio de categoría ocupacional, pero la mayor cantidad de desplazamientos ascendentes ocurrió entre los blancos, un 67,6 %, y entre los no blancos, fue de un 52,6 %.

En el escenario de la dinámica familiar, la tendencia declarada más generalizada es a la intrarracialidad en las relaciones sociales, o sea, las relaciones con el mismo color de piel en el establecimiento de relaciones personales entre los tres grupos raciales. Los blancos nos relacionamos con blancos, los mestizos con mestizos y los negros con negros. Eso es tendencia. Todos aquí decimos que tenemos un mejor amigo negro. Si eso fuera la verdad, no habría problema alguno.  ¡Qué buenos somos! Unos y otros. Porque también los negros refieren tener un mejor amigo blanco. Sin embargo, la tendencia declarada, repito es a la intrarracialidad.

En relación con la filiación por color de la piel preferida para los cónyuges de los hijos, la tendencia general es a declararse de acuerdo con la elección del estos, sobre todo, con el hijo varón. Relativo a la hija, aunque la respuesta verbal es la misma, uno se da cuenta por diferentes factores, la entonación, la demora en dar la respuesta, por gestos, que no resulta igual.

Asimismo, existe tendencia a la intrarracialidad en los matrimonios constituidos, tanto de jóvenes como de adultos –se  entrevistaron matrimonios de todas las edades. En familias mestizas y mixtas, como segunda tendencia en relación con los matrimonios constituidos, se presenta mayor movilidad hacia los matrimonios interraciales; o sea, cuando el descendiente es de una familia mestiza, los padres son mestizos, o de una familia mixta, un negro con un blanco, o viceversa, hay una cierta movilidad hacia la interracialidad.

Otra investigación realizada como trabajo de diploma de Sociología por Niuva Ávila, hoy investigadora del CEDEM,  en relación a la entrada por color de la piel a la universidad, nos informa del predominio de jóvenes blancos, mejor dicho, de jóvenes blancas, hembras, con padre o madre con escolaridad superior o profesional o dirigente. O sea, las clases se autorreproducen en este sentido. Predominio del sujeto de color de piel blanca en los profesionales de ciencias exactas, mientras que en los urbanos predominan los mestizos y en los del campo predominaban los negros. Mayor proporción de estudiantes blancos en los cursos diurnos, fundamentalmente por la vía de los exámenes de ingreso. En su momento se aportó el criterio de que la creación de las sedes universitarias municipales contribuyó a que la composición por color de la piel de la matrícula universitaria general se aproximara a la composición general por color de la población, según los datos que aporta el Censo. Pero yo he sido profesor de la sede, he dado cinco asignaturas en cuatro carreras, en dos sedes a un total de 22 grupos, y estimo que, aunque es cierto que la composición es distinta a la de los cursos diurnos, al menos en los grupos que he tenido, sigue habiendo más jóvenes –y algunos adultos- blancos que negros y mestizos, y mayor cantidad de mestizos que de negros. Estos últimos no están en las sedes en la proporción que a priori podría pensarse que ocurriría.

En relación con la mortalidad y morbilidad, existe un texto del 2005, está en Internet, que es abrumador: Contrapunteo cubano de la muerte y el color, resultado de una investigación realizada por Albizu Campos, investigador del CEDEM.

Durante años hemos abogado por la inclusión de la variable color de la piel en las investigaciones, en los controles, en las estadísticas, pues si no es así no salen a relucir, ocultamos, procesos que están sucediendo que agrandan las brechas existentes entre los diferentes grupos por color de la piel y entre otros grupos o regiones, sectores, y mientras más finas sean esas estadísticas, mejor. Habría que decir también que el CEDEM fue una de las primeras instituciones en estudiar la temática racial, en su caso desde la perspectiva demográfica.

Albizu nos informa, por ejemplo, que las estadísticas sobre defunciones por color de la piel se empezaron a llevar a partir del 2003; o sea, que hay un período obscuro, un período muerto que habría que reconstruir. Eso es muy difícil, realmente, en este sentido.

El estudio está hecho sobre dos clasificaciones: color de la piel blanco y no blanco. El término no blanco no es de mi agrado, al menos para emplearlo en Cuba. Las investigaciones realizadas aportan que existe una diferenciación en la dinámica social general  para los grupos clasificados en Cuba como blancos, negros y mestizos. En Estados Unidos hay blancos y no blancos, pero en Cuba, por el comportamiento que hemos visto de todas las variables que estuve enunciando, hay un comportamiento –a nivel de variables, repito- entre blancos, negros y mestizos. Hay una diferenciación real y la gente común lo reconoce. Y empleamos el término mestizo porque el término mulato se nos fue quedando estrecho, no fue abarcando, en el propio habla popular, todos los matices de color de la piel, ya hasta los niños lo utilizan. El color cubano, es una paleta de dos colores, pero con una cantidad de matices intermedios inmensa.   Además, esa clasificación no permite que las estadísticas obtenidas, sean finas, ocultan brechas al interior del grupo de los llamados no blancos.

De todas maneras, habría que decir, que el trabajo es profundo en sus resultados y trata un tema hasta ahora inédito, al menos en su tratamiento. Presenta un capítulo dedicado a los aspectos de carácter técnico-estadístico, demográfico, que es exquisito para poder sustentar todas estas muestras que trabajó y que dan cuenta que no es un problema del color de la piel.

Es un problema de carácter histórico, de herencia, de siglos de opresión, de malas condiciones de vida. Esas  estadísticas, si se ven fríamente, lo que están es enmascarando todas estas condiciones que no hemos podido revertir, desgraciadamente. Hoy día, hay más solares en La Habana que en el año ‘59 y sabemos todo lo que implica un solar, una vivienda de este tipo en mal estado, deteriorada, cayéndose. Pasemos por Centro Habana. Camino por la calle San Lázaro desde hace años y también desde hace años estoy viendo una niña asomándose a un ¿balcón? que desde que lo recuerdo no existe, en algún momento se cayó. Esa muchachita tiene ya hoy cerca de veinticinco años. Ya la vi en estado de gestación, con su barriga, pero el edificio cada día está más deteriorado, apuntalado. ¿En qué condiciones se está viviendo? Y estoy poniendo un ejemplo típico. Todos lo vemos. Siempre me asombraba que ella se asomaba con mucho cuidado a la puerta porque no tenía ni una reja, ni una soguita, y la sigo viendo ahí en San Lázaro, pegado al Ameijeiras.

Daré solo una pincelada del resultado de Albizu, que repito, es muy profundo y propongo que todo interesado lo busque y lo lea. Nos dice este trabajo, por ejemplo, que la mortalidad infantil es superior para los no blancos, que nacidos con bajo peso no blancos, demuestran tener un muy elevado riesgo de muerte, no correspondiente con la que se verifica para la población infantil del país, en general.

Estas son investigaciones que provienen de las que hizo el Instituto Cubano de Antropología. El CIPS, el CEDEM. Son solos pinceladas. En el libro, aparecen mucho mejor explicados y aparte causales históricas, sociológicas, culturales. Nos han quedado los datos reales, concretos como para que uno se pueda interesar en el tema y ponernos a pensar.

Alina Pérez:

Estos libros van a estar a la venta al final del espacio, al igual que el de Fernando Ortiz. También entre los autores que han trabajado este tema debo mencionar a Esteban Morales Domínguez, quien es autor de este otro libro “La problemática racial en Cuba. Algunos de sus desafíos”, que también va a estar a disposición de ustedes al final  del espacio. 

Zuleica afirma que todavía se siguen reproduciendo estereotipos que apuntan a la discriminación racial, y como a nosotros nos interesa el campo de la salud pública, estaba valorando que para la salud pública uno de los propósitos fundamentales es la búsqueda de mayores niveles de equidad social, y en este sentido la inequidad racial resultaría un determinante social que sería interesante conocer. Zuleica, ¿cuáles serían, en su criterio, los factores económicos, culturales y sociales, que permiten la reproducción de estos prejuicios raciales en Cuba y cómo estos se manifiestan?

Zuleica Romay:

Hay condicionantes económicas, culturales, sociales, ideológicas, políticas, de muchos tipos. Yo pienso que lo económico es fundamental. Creo que el esfuerzo que el país tiene que hacer por rebasar la crisis es una condición necesaria para poner coto a la inequidad y a la desigualdad social que es el caldo de cultivo de todos, todos los racismos y todas las discriminaciones. Aunque los habaneros hayamos naturalizado que un guajiro de cualquier parte del país -porque ya no son solo los orientales- que está en La Habana sin vivienda segura ni empleo fijo, es un palestino, nadie se ofende cuando a alguien lo califican así siempre que no sea el mismo, o un miembro de su familia. ¿Usted quiere ver cosa más contradictoria? Oficialmente, en Cuba hay concepto político y solidario de lo que es un palestino. Nosotros hemos firmado todas las resoluciones de la ONU para que los palestinos acaben de tener su territorio, para que cese el genocidio de ese pueblo y las ocupaciones ilegales de los israelíes; pero a cualquiera que viene, los habaneros le decimos: “el palestino éste”, y nadie se molesta. Una manifestación de xenofobia, pero que es cada vez más generalizada. Pero la desigualdad, la polarización de los ingresos y del consumo, porque no solo son los ingresos, va generando el caldo de cultivo para todo eso. No es por criticar a Rodrigo, pero voy a mencionar un ejemplo. Él dice: “Los blancos han aprovechado mejor las oportunidades que los negros”. Bueno, sí. En términos estadísticos, eso no tiene discusión porque la Revolución llegó el mismo día del mismo año para todo el mundo, y a partir de ahí fue como un disparo que iniciaba una carrera. Sonó el disparo y todo el mundo empezó a correr. Pero hay quien estaba descalzo y otros tenía unos zapatos Adidas. Si vamos a correr y tú tienes unos Adidas y yo ando descalza, no resulta igual. Es el mismo disparo y es la misma pista, pero yo no tengo zapatos y, cuando tú tienes que comparar grupos sociales, tienes que tener en cuenta quién tiene zapatos y quien tiene que correr descalzo. No es lo mismo –y lo digo por mi propia experiencia personal- y porque me comparo con mi hijo y una de las cosas que más origina mis peleas y mis regaños es que él tiene condiciones que yo no tuve, a pesar de lo cual las aprovecha menos porque también hay una visión generacional de qué proponerse como meta en su vida. Miren, no es lo mismo crecer en una casa sin libros que en una casa con libros; no es lo mismo haber ido al Guiñol, al Museo de Ciencias Naturales, a la biblioteca antes de los 10 años que haberse enterado de eso, cuando ya casi eres un adulto. Y lo digo porque la primera vez que yo entré al teatro Guiñol fue llevando cargado a mi hijo que tenía dos años. Nos divertimos cantidad, porque para mí aquello también fue un descubrimiento. El que fue al Guiñol y al Museo de Ciencias Naturales aprende más rápido en la escuela y entonces parece más inteligente. No obtiene el mismo resultado quien tuvo un lugar donde estudiar tranquilamente que quien tenía que encerrarse en el baño, porque era el único lugar de la casa donde tenía un poco de tranquilidad. Yo tengo una compañera que hizo la carrera sentada en la taza de su casa, porque vivía tanta gente en aquella casa y había tanta bulla que no había otro lugar. Por supuesto, tenía que interrumpir el estudio cada vez que alguien tenía una necesidad.  Entonces, cuánto usted puede sacar en una carrera de ingeniería industrial, si usted tiene que estudiar sentado en una taza de baño. O sea, yo no digo que no sea cierto que hay una diferencia en el aprovechamiento, yo lo que digo es que tu propia historia de vida te hace ser de una manera tal que permite darte cuenta o no que esa es la oportunidad, que te está pasando por al lado y si no la agarras, te quedas. Hay gente que, sencillamente, no se dio cuenta. Yo tengo familiares que la Revolución los sacó del barrio marginal Las Yaguas, les dio una casa y hoy tienen piso de losas,  tienen baño y televisor a color, pero sus hábitos de vida son los mismos que antes del 59 y se los han transmitido a los hijos de la misma manera. Entonces, cuando tú ves estadísticamente esa diferencia, estás en presencia de un tránsito generacional que se hizo sin que los nuevos que arriban a la familia perciban un cambio que ellos pueden aprovechar.  Y por eso lo primero que hay que hacer, además de los discursos, las leyes, todo eso que decimos que hay que hacer, es cambiar las condiciones de existencia de las personas. Si nosotros no cambiamos las condiciones de existencia de las personas, solo con un gran esfuerzo y de manera excepcional estas se pueden transformar a sí mismas. Porque la transformación no se da en la escuela en la que tú estás 6 horas al día y la posta médica que está en la esquina.  La transformación es dentro de tu casa, cuando cierras la puerta. Ahí es cuando las cosas tienen que empezar a ser distintas. Y, entonces, si tú no generas unas condiciones que permitan, que cuando la puerta se cierre, las cosas empiecen a ser distintas, las personas jamás podrán aprovechar la oportunidad. Por eso para mí, los factores económicos, los niveles dispares de desarrollo entre provincias, entre comunidades, el tema de las desigualdades, insisto, porque la gente dice los ingresos, pero la diferencia se internaliza a partir del consumo y ese depende, además, de la posición social de facilidades y servicios que puedes disfrutar y que no se expresan en salario. Hay familias que tú dices: “Bueno, estos estaban junto en la CUJAE, se graduaron el mismo año de ingeniería industrial, porque además los he visto, y trabajan en la misma empresa mixta donde tienen los mismos beneficios materiales, pero cuando vas a las dos casas, no viven igual”. El que tenga ingresos adicionales o beneficios materiales como resultado de su posicionamiento social tiene otros estándares de consumo, tiene un nivel de vida superior y, a veces, el problema no es sencillamente de ingreso, tiene que ver con los estándares de consumo de la familia, y eso no te sale por el salario.  Tienes que ir a la casa como hacían los funcionalistas yanquis de los años 50, y mirar. El televisor de éste es nuevo y el de aquel, es viejo. Éste tiene los muebles tapizados y mira aquel, con un sofá que tiene los muelles afuera. Y te das cuenta que aparentemente viven igual, pero, en realidad, no es así. Yo pienso también que hay factores de carácter cultural que tienen que ver con la tradición, todo lo que hemos hablado, de lo que tenemos incorporado en sangre, de las representaciones degradantes que a veces nosotros mismos portamos a pesar de que van contra la propia persona.  Tiene que ver, por supuesto, con las influencias, intercambios culturales, éste es un mundo, donde todo parece estar al alcance de la mano. ¿Usted quiere ver gente más incomprensible que la gente que no come para estirarse el pelo y para colgarse no sé qué y para ponerse los lentes de contacto verdes? ¿Cuánto te costó eso? Porque además te da status, te da caché decir: “Yo pagué por esto, tanto”, y tú dices: “¡Dios mío!” Y tú piensas en todo lo que te falta en tu casa. Pero la gente hoy no se comporta como en los años 80; la gente tiene un color de piel, pero tiene interés en lucir determinada apariencia, y el canon estético que se ha impuesto, cada vez rechaza más lo negro. Los yanquis, incluso han hecho una cosa interesantísima, han incorporado o revalorizado la imagen del negro. Antes de que eligieran a Obama, ya uno había visto en las películas que un negro podía ser hasta presidente de Estados Unidos, pero como dicen los racistas aquí “esos negros son blancos por dentro”, porque todos los patrones de conducta y todas las representaciones de la vida que tienen, es el de los estratos más ricos y poderosos de la sociedad. Entonces, ¿de qué te sirve la piel, si tú estás viviendo una vida que no es la tuya? Recuerdo una vez que tuvimos con una compañera del Centro de Antropología un gran debate sobre si existía o no la falsa filiación racial. Miren si ahora cuando venga el censo, van a mi casa y me preguntan: “¿Color de la piel?” Y yo digo: “Mestiza,” el encuestador me podrá mirar atravesado, pero tiene que anotar lo que yo le dije. No le queda más remedio: “Mestiza.” Miren compañeros, no importa que yo sea negra, yo me voy a comportar como mestiza. La filiación racial no tiene que ver con el color que la gente tiene en la piel, sino con el color que tiene en la cabeza, el cerebro. La verdadera filiación racial es la que tienes instalada aquí, no la que dice tu piel. Bueno, podrás correr el riesgo de que haya gente que se burle: “Mira, fulana, se cree lo que no es…”  Pero yo me comporto como si lo fuera. Y eso es un atributo, es un comportamiento que tiene una raíz cultural y por eso es tan importante revalorizar aquellas características nuestras que ripostan, que contrarrestan, que son alternativas a los cánones estéticos que se nos quieren imponer. Yo nunca he pensado que desrizarse o no el pelo en una mujer tiene que ver algo con la identificación o con la filiación racial, o con el orgullo racial. Conozco gente que se trenza y no se desriza el pelo porque quiere reafirmar su condición racial y sentirse orgullosa de ella y conozco otros que lo hacen para peinarse menos a menudo y para pasar menos trabajo. Y he hablado con gente de diferentes intereses. ¡Ah!, si tú conviertes en una obsesión que te tienes que aclarar el pelo, que te lo tienes que estirar, que te tienes que aclarar los ojos, mira, ya tú tienes un problema. Estás aspirando a ser y a tener una condición física que no es la que te tocó. Y, por eso, es que todos estos fenómenos culturales, toda esta ósmosis que se da del mundo de la moda, el mundo de los símbolos, de la representación, es tan peligrosa porque la gente débil termina despreciándose a sí misma. Entonces, no está conforme con su apariencia, quiere parecerse a las estrellas de la televisión, a su cantante preferida y esos factores de carácter cultural, creo también que son importantes. Hay otros, de carácter social, que pienso también están incidiendo.  En primer lugar, que la coerción social, a partir de la crisis, ha disminuido mucho. Miren, en temas relacionados con la política, la moral, con la sexualidad, la sociedad siempre impone ciertos mecanismos coercitivos, define hasta donde se puede llegar en lo que se dice y lo que se hace. El que los mecanismos de coerción social que reprimen, critican y se oponen al racismo se hayan debilitado, facilita que las conductas prejuiciadas y racistas tengan menos censura social y que poco a poco se vayan naturalizando. Yo por supuesto, no aspiro a que haya actos de repulsa cuando alguien le diga a otro: “Negro” en un sentido despectivo. Pero nosotros tenemos, sobre todo por la vía simbólica, que tratar de restablecer algunos mecanismos de coerción social. Hoy a cualquiera le dicen un insulto racial, impunemente, en medio de la calle y nadie protesta, a no ser que sea un barrio de esos de los que habló ahorita Rodrigo, donde sí te pueden dar hasta un pescozón. Yo he visto en plena calle, ofensas, que antes del año 1989 terminaban en bronca y hoy, todo queda en paz. Y está también el tema ideológico, esa ideología burguesa que reemerge y no se trata de una frase de manual; el sentimiento de clase no solo tiene que ver con el barrio donde tú vives, la forma que tiene tu casa, las cosas que tú consumes. Tú también tienes incorporado determinados componentes ideológicos, esa condición social que tiene que ver con en qué tú gastas tu tiempo libre, que tiene que ver en la manera que tú distribuyes los gastos de la casa, que tiene que ver con tus preferencias culturales, porque hay gente que  dice: “Al carnaval, ni muerto.” Bueno, hay quien no va al carnaval porque no quiere que lo empujen pero hay otros que no van “Porque yo no voy a mezclar con esa plebe”. ¿Quién dijo que yo me voy a poner en la cola de la cerveza dispensada con fulano y con mengano?” Entonces, cuando la gente ya empieza a hacer esas distinciones, miren, aunque no tenga una sola propiedad, aunque ni siquiera sea propietario de la casa en que vive, la gente lo que tiene incorporado es un sentimiento de clase que se considera, además, superior. Y entonces ese tema de los factores, de los elementos ideológicos hay que atacarlos en el terreno de los símbolos porque en nuestra época los símbolos tienen mayor capacidad disuasoria que muchos discursos. Yo creo que en esta época los discursos, propiamente hablando, son capaces de cambiar muy pocas cosas. Recuerdo que hace algunos años, en una revista “Catauro” leí un artículo de Rafael Hernández, en el que este  expone su tesis sobre las tareas que la sociedad cubana debe plantearse para avanzar en la solución del problema, y allí él escribió: “El discurso, por muy radical que sea, no es lo más importante; lo más importante es la manera en que transcurren las relaciones sociales. Lo que hay que cambiar son las formas en que esas relaciones sociales transcurren”. También hay un elemento político que tiene que ver con el tabú y la reticencia social al discutir el asunto. Hay que hablar de eso y, además, hay que hablar de eso sin histeria, sin catarsis. Hay compañeros que a veces dicen: “Tiene que haber debate”. Pero tú puedes imaginar un exorcismo colectivo donde cada cual va estar discutiendo con otro. El debate que funciona es el que transcurre a la misma vez en muchos lugares. El que tiene mi hijo conmigo en mi casa, porque a mí no me gustó la novia, el que tiene fulano en la bodega porque el otro le dijo: “Mira tú, negro”. El que está cantando rap y tiene una letra, en la que confronta la situación existente. Y vale todo, compañeros, hasta el reguetón vale. Hay gente que dice que el reguetón es malo, pero si tiene un texto que ataca un problema social, yo dejo pasar las 2 o 3 vulgaridades, las 2 o 3 palabras que no me gustaron y me concentro en el mensaje. Entonces, yo creo que nosotros no hemos hecho  suficiente uso de todos esos elementos de carácter cultural, de carácter simbólico, para combatir estos problemas y, por supuesto, tiene que empezar a ser natural hablar sobre el tema. A mí lo que más me frustra, es lo último que quiero decir en esta pregunta, es que todavía nosotros no logramos hablar de esto sin tensión; tú sacas a relucir el tema y enseguida notas que alguien se pone tenso, o cambia de posición en la silla. Tú haces así, un simple comentario neutro, donde tú dijiste déjame quitarle todo tipo de énfasis a mi comentario y te pones en el plano de un narrador televisivo, pero de noticias sin conflicto y tú dices: “A mí me parece que el tema racial…” Entonces, tú ves a uno que empezó a dar señales de ansiedad o hacer gestos defensivos, y todavía no has dicho nada.” Mientras nosotros no logremos que sea natural hablar de eso, que nadie se ponga bravo, que nadie diga: “ya llegó Zuleica a poner esto malo aquí”, no vamos a resolver el problema. Lo primero que caracteriza un verdadero debate es que no es impuesto. A mí no se me ocurre que los CDR hagan un documento para discutirlo a nivel de cuadra. A mí lo que se me ocurre es que todo el mundo esté en la puerta de su casa discutiendo la novela: “Oye, ¿tú viste lo que pusieron en la novela?, ¿viste lo que dijeron? Yo creo que nosotros, como Estado, todavía no sabemos hacer eso. Nosotros tenemos que estimular un debate, pero tiene que ser natural, no puede ser impuesto. No puede ser convocado por una instancia superior porque ya eso mismo lo desnaturaliza. Y por eso tiene que haber un trabajo que sensibilice a mucha gente para que esas personas desde el lugar donde actúan estimulen ese debate, y que el debate sea un montón de lugarcitos donde la gente está desde diferentes perspectivas, en diferentes contextos hablando de lo mismo. Es lo que quería decir. Creo que me volví a extender.

 

Alina Pérez:

En el libro de investigaciones sobre la racialidad, llama la atención la pregunta donde se solicita a las personas cuáles son sus expectativas sobre el futuro de las relaciones raciales en Cuba, y donde la mayor parte refiere no tener idea de lo que pudiera pasar. Hubo también quienes admitían la posibilidad de que se incrementaran los prejuicios y la discriminación racial en dependencia de la evolución de la situación socioeconómica del país. Pasando de los diagnósticos a los criterios transformadores, según su criterio y el de los investigadores, que como usted, Rodrigo,  han trabajado en lograr un enfoque científicamente argumentado de la problemática racial en Cuba, ¿qué recomendaciones deberían considerarse en la elaboración de las políticas sociales?

Rodrigo Espina:

Te refrieres al texto Relaciones raciales en Cuba, Estudios contemporáneos, publicado por la Fundación Fernando Ortiz, en el que aparecen los resultados del proyecto en que participé junto a otros investigadores, algunos de cuyos nombres he mencionado en mis respuestas anteriores.

Hoy día, esta es la pregunta más difícil. En este tema hay muchos criterios y hemos discutido sobre esta situación en múltiples eventos. En el público está Zurbano, para mí es un especialista en estos aspectos. Quizás él debería responder, porque es una preocupación que siempre ha tenido y creo que es una de las personas que tiene un discurso más coherente. Coincidamos o no. Pero creo que tiene un discurso muy coherente en este sentido de qué hacer. Estamos en un momento en que todavía no sabemos qué hacer. Proponer toda una serie de acciones, de posibilidades para la política social, para resolver estos problemas, es muy complejo. Lo primero es lo que decía Zuleica, las condiciones de vida material de la población tiene que cambiar totalmente, para todos, para blancos, para negros. Para poder sentarnos y decir: Bueno, vamos a seguir resolviendo, pero primero hay que existir. Tengo que existir y eso es algo que nos está afectando. No estoy aportando nada nuevo. Nuestros dirigentes políticos lo están diciendo. Este es un aspecto importante, porque pasa por ahí, por lo económico, la solución de este problema y de otros acuciantes también.

El desarrollo de un debate nacional sobre la temática racial, en lo  que estoy de acuerdo con Zuleica; hay que lograr que no siga siendo un tabú el tema. Sigue siéndolo. Como dice Zuleica, muchas personas no desean hablar de esto, y en determinadas instancias no desean ni hablar ni escuchar... En fecha para la historia tan reciente como el 1997, una persona, una dirigente de determinado organismo, que nos dijo  en un evento sobre la temática racial, preparativo para la conferencia de Durban, nos dijo públicamente: “No se publica nada de raza hasta que yo no quiera.” Lo dijo con otras palabras, pero así fue como lo entendimos y sabemos que ese era el mensaje que nos quería trasmitir. Y eso nos lastró a nosotros. Como dato: nuestras investigaciones culminaron en el 2003, y solo se publicaron en el 2011, seis años después de terminadas.

Hay otras cosas publicadas con anterioridad, en la revista Temas No. 7, en la 45, en un libro publicado en México, pero no en el volumen que los resultados ameritaban.

Ese debate hay que hacerlo a nivel nacional, implicando a todas las instituciones del país, y que abarque toda la población; que la gente sepa qué está pasando, porque a veces uno le devela a la persona la existencia del problema, le devela a la persona su racismo.

Yo recuerdo que cuando empezamos a trabajar el tema, algunos decíamos: “En Cuba, no hay racismo, hay prejuicios”.  Si hay prejuicios hay racismo, si hay prejuicios, hay conducta discriminatoria, hasta donde lo permiten las leyes, sus reglamentos y su aplicación por el sistema jurídico y por la sociedad toda, hasta donde se tenga la posibilidad de ejercer el racismo, de acuerdo con la posición que se ocupa en las estructuras sociales en que se participa, en la casa, en el  centro laboral, en la familia. Y eso se ve. Consejo de dirección que cambia, ponen a un negro, vienen los negros para acá. Consejo de dirección que cambia, ponen un blanco, sacan los blancos a los negros. Eso se ve. Desde talleres hasta ministerios.

Pienso que mucho se ha avanzando. Claro, yo no estoy en la posición del negro. A mí se me tiene por blanco. Y sé que el negro está urgido. Es lógico. Pero tratando de verlo desapasionadamente, creo que hay avances. Pero hay que seguir recorriendo caminos. Aún hay ministerios que parecen de sangre azul. Todavía la presencia de los negros en los centros de investigación, por ejemplo, no es proporcional en relación con las cifras del Censo, cifras que son discutibles como ya apunté.

Otro elemento importante: los cambios que se produzcan tiene que ser una obra de todos, no de los negros, no de los mestizos, ni de los negros y mestizos. Es de todos, por lo tanto tiene que haber un consenso nacional sobre este aspecto. Para eso tiene que haber un debate.

Es importante no copiar modelos foráneos, mejor aún, tratar de hacer un modelo, copiar lo mejor de otros lugares y hacerle los aportes que se deriven de nuestra realidad. .

Un papel esencial le corresponde al sistema educativo. En una comisión dirigida por la Dra. Lidia Turner, estudiamos desde libros de textos hasta programas de asignaturas y pudimos observar el mal tratamiento que se le da a la temática racial en la enseñanza, fundamentalmente, en la  primaria. Las asignaturas no aprovechaban las oportunidades que le brindan los contenidos para hacer énfasis en la igualdad racial, tratamiento desigual a figuras y hechos históricos, signadas por color de la piel. En las imágenes que aparecen en los  textos de español y matemáticas de cuarto grado de primaria, existe un desbalance de género y racial. La imagen tiene una importancia tremenda. La imagen está fijando, naturalizando determinadas cosas.

En la enseñanza preuniversitaria, no existe una asignatura que nos aporte herramientas para el análisis de la sociedad.  Tenemos una historia que estudia el pasado, coloca en el plano histórico lo que pasó: el negro al cepo, el blanco aquí, España y los yanquis. Y se nos dan una serie de elementos de carácter político que, igualmente, enfatiza en el diferendo Estados Unidos. Son dos realidades, pero no es toda la realidad. La escuela debe aportar herramientas de carácter psicológico, sociológico, antropológico que permitan al joven realizar un análisis objetivo de su sociedad, de su cultura.

Estos son algunos aspectos, faltarían otros como qué deberían hacer los sindicatos, los CDR, la FMC, no a nivel declarativo, sino acciones reales; cómo llegar a la familia.

Solo habría que apuntar, que la temática racial atraviesa toda las problemáticas sociales que se enfrentamos hoy día en nuestro país: economía, educación, vivienda, tenencia  del suelo, cooperativismo, familia, valores, migración… política. Está presente, como problema a resolver, en la existencia misma de nuestro etnos, de nuestra nación, de nuestra Revolución.

Alina Pérez:

Quisiera preguntarle a Zuleica, a partir de una investigación que ella acaba de terminar sobre los prejuicios raciales y también, sobre este último tema que ha puesto sobre la mesa Rodrigo, ¿cuáles serían, según su criterio, las fortalezas con que contaría la nación, y cuáles los peligros o amenazas que habría que considerar en el camino de la integración de los cubanos todos, de todos los colores, en la defensa de su identidad y de su cultura?

Zuleica Romay:

Bueno, yo creo que de las amenazas me la he pasado hablando. Cada vez que me han dado la palabra, hablo de eso.  Pero yo pienso que también hay muchas fortalezas. Aunque el proceso de conformación de la identidad no se termina nunca, y todas las sociedades abiertas -todas en las que hay reproducción natural, lo son, porque siempre hay sujetos nuevos que contribuyen a la aparición de personalidades nuevas-, nosotros tenemos una identidad bastante fraguada.  Seguramente los cubanos, dentro de cien años, serán diferentes a los que estamos hoy, pero hay determinados valores identitarios que se han fijado bastante y algunos de esos valores son un obstáculo para que sigan progresando el prejuicio y la discriminación racial. Yo pienso que nosotros tenemos que apelar más a esos valores, no tanto desde el discurso, sino desde la práctica. Porque como este es el tema, es un tema tabú, nosotros no nos acostumbramos a pedir explicaciones, como se dice vulgarmente, a meter el dedo; y yo pienso que cada vez que en un lugar nos parezca que una decisión o que un proceso tiene que ver con lo racial o tiene que ver con lo genérico o tiene que ver con los prejuicios que todavía hay con la orientación sexual de las personas, hay que escarbar y esclarecer de qué se trata, quién o quiénes fueron perjudicados por esos disimulados prejuicios. Pero muchas veces, nosotros le pasamos de largo al asunto para ni enterarnos de cuál es el problema. Nosotros sí tenemos valores a los que podemos apelar, incluso, con las personas que ya tienen inoculado estereotipos y prejuicios para que se interroguen a sí mismos y se autorepriman, porque hay que decir también que hay gente que son racista y no lo sabe. Yo conozco personas que no lo saben. Han tenido toda su vida un discurso unitario, se saben de memoria la escena de Céspedes en la Demajagua, te cuentan todo lo que pasó después durante 200 años, y el día que su hijo le trae un negro a la casa, la hija o el hijo, ahí es cuando estalla el problema. Incluso, yo tuve un compañero que me dijo: “Me siento avergonzado, pero ese muchacho no me gusta.” Por otra parte, nosotros tenemos un discurso que, a veces, es muy esquemático. El blanco, racista, dominador, el victimario, acabó con los negritos, los negros, pobrecitos. Aquí había mayorales que eran negros y daban una leña tremenda. Aquí hubo rancheadores que eran oscuritos. Cobraban. Nada se puede esquematizar. Y, entonces, hay personas de piel clara que sufren mucho estos problemas porque realmente ellos se avergüenzan, pero sí son racistas.  Es un problema que es mucho muy serio y que causas sufrimientos en familias que deben asumir su diversidad y su diferencia. Incluso, pasa algo peor aún. Y es que la gente parcela la lucha por la igualdad. Gente que son activistas contra el racismo, pero que son homofóbicos. Y tú dices: “Pero, como es posible que esta persona crea que es válido luchar contra la discriminación racial y, sin embargo, tengan esos prejuicios con la orientación sexual de la gente”. Hay gente y los he conocido también, personas que son homosexuales y que el problema de la discriminación racial no les interesa.  Y te dicen: “No, esa no es mi lucha.” Entonces, mientras nosotros no logremos articular una lucha contra discriminaciones de todo tipo, este país nunca va a ser libre. No sé si me explico. Y a esos valores uno tiene que apelar constantemente.  Yo creo que, aunque no nos demos cuenta, hay muchas mixturas, muchas mezclas, que no solo tienen que ver con la piel. Miren, en los grupos sociales donde la gente profesa religiones afrocubanas, hay más fraternidad racial, la gente ya asumió a África desde la fe. Eso es algo que no se ve, sobre lo cual el tema musical de Adalberto Álvarez dice: “El que va a consultarse por la madrugada”. Es un proceso interesante y, en alguna medida, emancipador. Yo no creo que la solución sea incentivar el culto a las religiones afrocubanas, pero la realidad de las familias religiosas es un ejemplo a imitar. En las familias que profesan esas religiones es raro que encuentres al racista antinegro o al racista antiblanco.  Porque la gente está acostumbrada a mezclarse y se reconocen hermanos de fe independientemente del color.

Nosotros tenemos un grupo de mezclas que están ocurriendo y que no solo son de carácter amoroso, sexual, y personal, las cuales, pienso que favorecen nuestra lucha contra las discriminaciones. Y lo otro es trabajar con la opinión.  A veces hay gente que tiene miedo defender sus convicciones, porque no quiere estar en minoría. Pero aquí todavía la opinión mayoritaria condena las manifestaciones de racismo. Tenemos que buscar formas de estimular esa opinión mayoritaria que a veces está ahí, como dormida. El Instituto del Libro, donde trabajo, estaba antes en la Plaza de Armas, un entorno turístico y ahora estamos en la esquina de Obispo y Aguiar, y aquello es un carnaval. A las 12 del día pasa una conga. Todos los días, muchachas y muchachos bailando sobre zancos, recreando tradiciones populares de origen muy humilde. Allí la gente grita horrores. A veces, yo estoy asomada a la ventana, porque hay una discusión en voz muy alta, y me percato de que el motivo es que a alguien no le gustó como le dijeron: “Oye, échate p’allá” “Y tú te crees que porque yo soy negro, me vas a maltratar”. Y meten su bronca ahí, en el café Europa, un lugar caro y un poco exclusivo.  Muchas veces el debate se da a escala familiar. Uno se da cuenta que la mayoría de la gente se opone a eso. ¿Qué pasa entonces? Que no hay estimulante social. No hay circunstancias, procesos que visibilicen la convocatoria de la sociedad para estimular  esos debates. A mí me parece que esa es otra fortaleza. O sea, los temas identitarios, las mezclas que nos caracterizan y el tema de la opinión pública. Los cubanos, en general, todavía somos bastante sensibles, incluso desde poca edad. En este libro del Instituto de Antropología hay ejemplos lamentables, de niños de círculo infantil. Me quedé pasmada, cuando leí ese párrafo, que no juegan con otros amiguitos y la única explicación es la del color. Por supuesto, los niños están enseñados en su casa a no hablar de eso. En Cuba, en general, nadie habla de eso, pero, sobre todo, los más claros aprenden que su superioridad es obvia. Eso se ve. Yo tuve entrevistas con gente a las que pregunté: “Y ¿por qué eso siempre ha sido así?”. “Bueno, compañera, yo no le sé explicar”. “¿Pero, por qué, tú no has razonado sobre eso a esta altura de tu vida?” Y el problema es que alguna gente da por sentado que está en una posición superior y que los otros son los que tienen que ganarse un lugar bajo el sol. Y a veces, como reacción, hay activistas contra el racismo que le quiere poner un solo color a las banderas, y eso tampoco es bueno. Hubo una persona que me dijo: “Los negros son los que siempre están hablando de eso; esa es su lucha y ellos son los que tiene que resolver ese problema”. Después esa persona me mira fijo, se acuerda de mi color y me dice: “¡Ay!, perdón, compañera.” Yo respondo, sonriendo: “Está perdonado.”

Debate   

Beatriz:

Buenas tardes. Mi nombre es Beatriz. Hay que ver el racismo como un problema de conciencia. Hace falta mayor acción de los medios de difusión, que son muy importantes, porque hay familias que debaten este problema, pero hay familias que no les interesa, no lo hablan con el niño chiquito. Está la parte de la escuela, que a la maestra tampoco le interesa.  Entonces, ¿qué vamos a hacer con ese niño desde niño?, ¿qué conciencia le vamos a crear contra el racismo? Ningún tipo. Estoy segura también que muchos de nosotros que estamos aquí, cuando llegamos a la casa, que tenemos un niño, no le decimos: “Tú sabes estuve en “Dulce María Loynaz” y hablamos contra el racismo”. Estoy segura que no.  Nos sentamos a ver la novela cubana y se nos olvida. Hace falta que la televisión, la radio, pongan debates como este de aquí.

Patricia Varona. 

Soy médico y en primer lugar quería agradecer a la Dra. Alina Pérez la convocatoria para asistir a este espacio. Solamente quiero ratificar mi acuerdo con las personas que han planteado que hay que inducir el proceso, hay que orientar el proceso, no puede ser un proceso forzado, pero hay que orientarlo y pienso que la orientación tiene que comenzar desde la educación primaria. No sé cómo, la fórmula de enfrentarlo no la tengo, pero el niño nuestro tiene que empezar a escuchar estas cosas desde su formación en la escuela. Este problema de las desigualdades, del reconocimiento de las desigualdades ha tenido una implicación en la salud muy grande. En concordancia con lo que decía el compañero Rodrigo, el Instituto nacional de higiene y epidemiología ha venido desarrollando un grupo de investigaciones, en las que se evidencia como las enfermedades crónicas que hoy son las que enferman y matan a la población cubana, son más frecuentes en la población negra, en el grupo poblacional negro. Hasta el año 2008, la mortalidad general estaba aproximadamente en ocho por cada mil en la población cubana, en la población negra era de diez por cada mil, y hoy los factores de riesgo que más están condicionando las enfermedades crónicas –me refiero a las cardiovasculares, el cáncer, las cerebrovasculares, factores que son el tabaquismo, la ingestión de bebidas alcohólicas son más frecuentes en la población negra. Nosotros hicimos un intento que va a salir ahora publicado, de cómo caracterizar a la mujer cubana que fumaba y que ingería bebidas alcohólicas y, colegas, el patrón de la mujer cubana que más bebe y que más fuma, y que bebe y fuma, es una mujer negra, una mujer soltera, o no unida, no hay muchas diferencias en el nivel educacional, pero resalta mucho que la que más fuma es negra, que la que más bebe es negra y que la que practica ambas conductas de riesgo también es negra. Entonces, yo pienso que tiene que acabarse de descubrir esto que estamos discutiendo aquí para que las intervenciones sean diferenciadas, porque si ahora nosotros vamos a hacer una intervención y, nosotros, como país, hacemos una intervención, no puede ser para toda la población en general porque eso lo que hace que fracasen nuestras intervenciones. Si ya se ha identificado un grupo de problemas, si ya hay un diagnóstico, si hay un perfil, bueno, vamos a orientar y ahí la Sociología, la Antropología, las Ciencias sociales tienen que cooperar en este sentido. Se requiere una intervención diferenciada porque las desigualdades de hoy en día están haciendo impronta en la salud de los grupos poblacionales, en la salud.

Silvia Martínez

Ni nombre es Silvia Martínez Yo soy profesora consultante de la Escuela Nacional de Salud. Mi intervención tiene dos o tres direcciones. Primero hay una intervención por la Dra. Patricia Varona con relación a la responsabilidad político-social. Como esta es una sociedad de iguales, durante muchos años, yo no tengo que estudiar desigualdades. Como todos somos iguales, no hay diferencias raciales y eso se ha arrastrado durante todo este tiempo, y estamos recogiendo la siembra. Primero, yo estoy de acuerdo con lo que estaba diciendo el primer compañero, que lo dijo con ese apasionamiento político que tenía que tenía que  haber aparecido en los lineamientos. Como me hubiera dolido eso, si hubiera habido que poner en los lineamientos qué cosa es un blanco, qué cosa es un negro, qué privilegios tienen unos, qué privilegios tienen los otros. Yo creo que estamos ante un problema que está insoluble porque con todos los problemas y mi visión epidemiológica, son multifactoriales. Universalmente, tanto tiempo hablando de marxismo, de filosofía marxista, dijeron claramente que los problemas y los fenómenos universales son multifactoriales. Entonces, este gran problema, grandísimo problema, es muchísimo más multifactorial. Si usted pregunta personalmente, no es lo mismo ser negro, que sentirse negro y de eso me asombra, por ejemplo, alguien dijo una cosa hablando sobre Obama, que me dejó de verdad con un desagradable sabor. Terminó su comentario diciendo que Obama es un blanco o algo así. La frase que terminaba era así: “Obama llegó adonde llegó porque es una persona negra que piensa como un blanco”. Primero yo pienso que las personas piensan como personas y las personas piensan y hablan como viven y sienten. El hombre piensa como vive. Entonces, no importa que yo sea prieta, pienso como vivo. Hablando de la posibilidad esta del igualitarismo que nos ha arrastrado este tiempo, yo entendí que tenía otro color estando en la escuela primaria y después volví a entenderlo estando en España cuando tenía yo cincuenta y pico de años. O sea de la primaria hasta los cincuenta y pico de años, entendí dos veces que tenía este color. La primera vez, en la escuela primaria en Cuba, una escuela de monjas, había que ir a una excursión, a un lugar que era un club privado de blancos y nosotros éramos negras. Entonces, en ese momento, cuando fuimos a  montar en la guagua que nos llevaba, era en otro pueblo. Veo que una monja le dice algo a la otra. Entonces la otra monja le dice: “Hay que esperar a llegar allí. No hay ningún problema”.  Ya yo grabé y me quedé esperando a ver como yo entraba. Tenía 8 años. Había dos o tres más oscuras que yo que estaban esperando, pero llegamos allí y así con una rapidez tremenda aquella monja dice: “Ellas están en la escuela”. No hay clasificación del color. “Están en la escuela.” “Pasen.” ”Pasen.” Y pasamos. Pasó mucho tiempo y no volví a sentir esa sensación de que tenía otro color, pero mi situación económica era diferente, por supuesto, y yo no lo sentí. Y voy a España y entonces me invitaron a un lugar, a tomar un chocolate y había una señora mayor que hablaba y hablaba y me miraba. Y hablaba de una manera tremenda, disgustadísima. Y la persona que estaba conmigo se ponía roja y yo no entendía nada. La señora decía que como una negra se iba a sentar allí, de que los negros tenían que irse a Marruecos, todas esas cosas. Esa fue la segunda vez. Saben por qué hago esta anécdota: porque en este país yo no puedo sentirlo, definitivamente no, sí hemos tenido oportunidades, lo que como dijo la primera panelista las oportunidades hay quien las aprovechó blanco o negro, hubo blancos que la perdieron. Yo compartía la guagua de mi casa para la Universidad con un montón que se cambió de beca cada vez que les daba la gana. Y nunca llegaron a nada. Blancos.  Entonces, si cada cual hace su anécdota, las diferencias son grandes. Voy a resumir. Es un problema político-ideológico a resolver política e ideológicamente como se han resuelto otros.

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La problemática racial en Cuba. Algunos de sus desafíos. Esteban Morales Domínguez. Editorial: José Martí. 2010

Espacio Letra con Vida

Centro Cultural “Dulce María Loynaz”.

La Habana, septiembre de 2011.

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