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Salud y medio ambiente

Lo invisible del rey sol

El sol, la más adorada de las estrellas no sólo nos ilumina con su luz de siete colores sino que un verdadero bombardeo de sus radiaciones, no perceptibles para el ojo humano, pugnan cada día por llegar a la superficie de la tierra. Aunque no quema con la misma luz que alumbra este gran rey es capaz de perturbar la más profunda intimidad de nuestras células e incluso quedar para siempre grabado en su memoria.
Las radiaciones solares son más intensas al reflejarse en la arena. Foto de: Sandra Fernández Hernández

Los antiguos eran adoradores del sol. Nuestros antepasados y en general las culturas primitivas, adoraban al gran astro como una divinidad. Sin embargo no pudieron imaginar cuan profundo podía llegar a penetrarnos el dios sol.

Afortunadamente la mayoría de las radiaciones solares no llegan a la superficie de la tierra. La ionosfera absorbe las radiaciones alfa y beta, llamadas corpusculares, que podrían impactar en nuestros órganos internos. También absorbe las radiaciones electromagnéticas como los rayos gamma y los rayos X, sumamente energéticos, que atacarían nuestra piel.

Sin la ayuda de la ionosfera tanto las radiaciones corpusculares como las electromagnéticas afectarían el material genético de las células humanas, al romper la cadena de ADN y provocar la formación de células cancerígenas.

Por fortuna, la atmósfera bloquea también los rayos ultravioletas más cortos llamados ultravioletas C gracias a la capa de ozono, situada a 40 Km. de altura, de la que tanto se habla hoy día. Esta capa, vital para filtrar los rayos perjudiciales, está en peligro. Se adelgaza cada día más en torno a la tierra, hasta el punto de ya presentar agujeros debidos, en gran medida, a la mala utilización por parte del hombre de diferentes tecnologías, como el uso excesivo de los aerosoles clorofluorcarbónicos.

Los dermatólogos pronostican que debido a esto en un futuro aumentarán notablemente los trastornos de la piel, incluso los tumores cutáneos. ¿Qué hacer entonces? Por lo pronto renunciar al uso de las tecnologías perjudiciales, sustituirlas por aquellas que protejan el medio ambiente y aprender a protegernos.

Las radiaciones solares se diferencian por sus longitudes de ondas. Mientras menor es la longitud de onda, los rayos son más energéticos. De todas las radiaciones que llegan a alcanzar la superficie de la tierra sólo los rayos luminosos son perceptibles por el ojo humano, ellos comprenden los 7 colores del arco iris: del violeta al rojo.

Más acá de la luz roja, con mayor longitud de onda, están los rayos infrarrojos, no visibles, que forman la mitad de las radiaciones y son los responsables del calor que sentimos cuando el sol nos acaricia.

Más allá de la luz violeta, con longitud de onda menor, están los rayos ultravioletas que son más energéticos y tampoco pueden verse.

La mayoría de los rayos del espectro ultravioleta son del tipo A y atraviesan casi todos los cristales. Ellos determinan el bronceado y son los responsables de la sequedad y el envejecimiento de la piel. En cambio los rayos ultravioletas tipo B pueden ser absorbidos por los cristales y son los que producen enrojecimiento, quemaduras y tumores de la piel.

Las radiaciones ultravioletas mientras más cortas como las C son más energéticas y fácilmente absorbidas por los ácidos nucleicos, como la famosa doble hélice de ADN, que incorpora el código genético de cada individuo presente en el núcleo de todas las células humanas. El ADN puede quedar dañado por la absorción de radiación ultravioleta lo cual no siempre puede repararse. De esta forma se acumulan gradualmente errores genéticos que hoy día se cree que son la causa del cáncer de la piel. Es por esto que se dice que el sol se acumula, de modo que la piel "recuerda" toda la radiación que ha recibido desde la infancia.

Así los rayos ultravioletas atraviesan la piel y son capaces de quemarla primero y modificar el código genético de sus células en forma lenta, acumulativa e irreversible, después. Nos damos cuenta del poder del sol cuando nos arde la piel y nos ponemos colorados después de las primeras exposiciones, pero olvidamos que años más tarde aparecen la sequedad, las manchas, las arrugas y también los tumores.

Las radiaciones son más o menos perjudiciales en dependencia de la hora del día, la altura, la latitud, la estación del año y la presencia de nubes. La radiación solar es más intensa entre las 11 y las 16 horas.

La capacidad de los rayos ultravioleta de dañar la piel aumenta con la altura, por lo que es mayor en las montañas y zonas altas. Por otra parte la intensidad de la radiación es superior en el verano y especialmente en el ecuador, ya que incide perpendicularmente a la superficie terrestre, y disminuye progresivamente al ascender hacia los polos. En el hemisferio norte, los rayos solares inciden con más intensidad entre los meses de mayo y septiembre.

Las nubes reducen considerablemente los rayos infrarrojos que llegan a la superficie terrestre y escasamente la radiación ultravioleta. Así pues, el riesgo de sobre exposición a los rayos ultravioletas es mayor en los días nublados porque la sensación de calor es menor.

A la incidencia directa de la radiación ultravioleta hay que sumar la de la radiación reflejada por la hierba, el agua, las superficies de cemento o metal, la arena y en mayor medida la nieve. Tampoco hay que olvidar que las gotitas de agua sobre la piel actúan a modo de lupa y los tejidos blancos absorben y dejan pasar una alta proporción particularmente cuando están mojados.

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