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Género y salud

¿Son las mujeres las mayores consumidoras de medicamentos?

Algunos estudios llevados a cabo en países en vías de desarrollo revelan que las barreras para el acceso a los servicios sanitarios y a la medicación son mayores para las mujeres que para los hombres, debido a factores sociales y culturales.
Por un consumo responsable y exacto de medicamentos. Foto de: Sandra Fernández Hernández

Las características del género pueden tener influencia sobre el acceso de hombres y mujeres a la educación, la participación en el mercado laboral, la división de tareas hogareñas y el control sobre los ingresos.

Estos papeles adjudicados al género y algunas relaciones desiguales causan patrones diferentes de exposición a los factores de riesgo, a menudo no equitativo; lo mismo es aplicable al acceso a la información, a la asistencia y los servicios sanitarios.

Dentro del ámbito de la salud, el consumo de medicamentos también recibe la influencia del género. Algunos estudios llevados a cabo en países en vías de desarrollo revelan que las barreras para el acceso a los servicios sanitarios y a la medicación son mayores para las mujeres que para los hombres, debido a factores sociales y culturales. Por otra parte, las investigaciones realizadas en países desarrollados muestran que el consumo farmacológico es mayor entre las mujeres, aunque las razones no son analizadas ni explicadas.

En los países más pobres, aun cuando la mujer tiene un papel central en la protección sanitaria de la familia, no siempre es ella la que controla el ingreso económico, por lo cual puede no tener influencia en las decisiones respecto de la consulta médica o la adquisición de fármacos, y debe solicitar permiso a su esposo u otro miembro masculino de la familia. Algunas contingencias geográficas, como las distancias largas o los costos de trasporte, también la colocan en una posición de desventaja. Como resultado, la mujer a veces no busca asistencia profesional hasta que su salud está seriamente comprometida.

No existe información concluyente en cuanto a si estos obstáculos implican un menor consumo farmacológico por parte de la mujer, pero la evidencia disponible así parece indicarlo. Otro obstáculo remarcable es el menor índice de instrucción de la mujer, que limita su acceso a la información. En tal sentido, algunos estudios refieren que, durante la consulta, la información se proporciona al hombre que acompaña a la mujer más que a la paciente misma. En caso de presentarse sola, las respuestas que se le brindan son en general más cortas que las proporcionadas a los pacientes masculinos. Finalmente, existen ámbitos en los cuales razones culturales impiden que la mujer sea examinada por un médico.

En los países de más recursos, la mujer muestra un mayor consumo de fármacos que el hombre, aun después de la edad reproductiva. Los estudios realizados en algunos países de América del Norte, Europa y Australia, demuestran que el consumo de medicinas por parte de la mujer es siempre mayor que el del hombre. Esto es particularmente notable con respecto a los medicamentos para la obesidad y la supresión del apetito, migraña, reumatismo, y para las hormonas y psicofármacos. La medicación antihipertensiva y para enfermedades respiratorias es consumida en proporciones iguales por hombres y mujeres. Solo los fármacos antialérgicos y cardíacos presentan un patrón de consumo incrementado en el hombre.

Dichas cifras podrían representar diferencias epidemiológicas entre hombres y mujeres, pero también podrían ser explicadas por papeles sociales fijos, por diferencias entre los géneros en su percepción del bienestar y la salud, en su propensión a la consulta profesional, o por diferencias en el patrón de prescripción de algunos profesionales.

Aunque existe un reconocimiento creciente acerca de la criticidad en la determinación de la salud, tanto del componente social como del biológico, el debate en torno a la sobremorbilidad femenina y la sobremortalidad masculina refleja que persisten tensiones entre quienes priorizan a unas sobre otros y viceversa. La idea del mayor «malestar de las mujeres» ha tenido explicaciones desde lo biológico y, más recientemente, desde su determinación social.

Una explicación podría ser que las mujeres son más dadas a manifestar o expresar su malestar que los hombres, o que las condiciones materiales de vida y sus funciones (materna, doméstica, sexual y otras) conllevan a una mayor morbilidad asociada. Los problemas que presentan los hombres en su perfil epidemiológico igualmente han sido vinculados a las relaciones de género, sobre todo a aquellos que representan los estereotipos de masculinidad: represión de emociones, temor a ser visto como débil y agresividad.

En el contexto cubano el consumo de medicamentos en las mujeres es superior al de los hombres, con una razón de consumo de medicamentos de 1,36:1, lo que significa que predominan las mujeres consumidoras. En referencia al nivel de escolaridad se observa que el consumo de medicamentos se incrementa en las mujeres en la medida en que disminuye el nivel de escolaridad.

Por su parte, las mujeres desvinculadas del trabajo  o estudio, las que son amas de casa y las jubiladas, consumen más medicamentos que las estudiantes y las que se encuentran vinculadas laboralmente.

Los fármacos para el tratamiento de enfermedades del corazón fueron los más consumidos, y dentro de ellos los usados para controlar la hipertensión arterial, seguido de los medicamentos empleados en el tratamiento del dolor, la fiebre y la inflamación y los psicofármacos.

La necesidad de asumir un enfoque de género en el abordaje de los problemas de salud radica precisamente en visualizar las múltiples formas en las cuales las construcciones de género producen situaciones de inequidad que afectan la salud, y en analizar las normas culturales que «naturalizan» dichas diferencias, haciéndolas parecer inmodificables.

En el campo de la salud el desafío radica en demostrar y estudiar cómo el género influye en el proceso salud-enfermedad-atención. Las formas en que mujeres y hombres buscan los servicios de atención de la salud difieren debido a las diferencias de las funciones, oportunidades y expectativas propias de cada sexo.

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