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Salud y enfermedad

Lo polémico de los términos salud y enfermedad

¿Son estos conceptos idóneos para calificar el óptimo o deficiente funcionamiento mental de las personas?
La salud mental supone la habilidad de una persona para disfrutar de la vida.

Tal vez con el afán de declarar desde un inicio que estamos ante un tema polémico y en el que no hay verdades acabadas, como podrá apreciarse a lo largo del presente escrito, serían útiles las afirmaciones de Arturo Graf, cuando asevera que “el de la locura y el de la cordura son dos países limítrofes, de fronteras tan imperceptibles, que nunca puedes saber con seguridad si te encuentras en el territorio de la una o en el territorio de la otra”, porque no estamos ante un tema de fácil elucidación.

Respetando los orígenes en la medicina de los términos salud y enfermedad, tal vez no sean estos los idóneos para calificar aquello que tiene que ver con el óptimo o deficiente funcionamiento mental de las personas, básicamente determinado por los factores psicológicos y sociales de su existencia: la historia, el comportamiento y la subjetividad individual, la connotación ecológica, referida al entorno natural y social en el que la persona vive; así como los determinantes culturales, políticos y económicos de la propia realidad en un determinado momento de la existencia; sin que ello signifique descalificar el sustrato material, biológico, muy en particular el cerebro, encargado de las funciones psíquicas superiores…, y hasta de las no tan superiores.

Por estas razones, aunque con justas reticencias, seremos respetuosos de las convenciones y apelaremos a la tradicional nomenclatura de salud o enfermedad mental como referente para el esclarecimiento de una tan compleja aspiración, como es la búsqueda del óptimo funcionamiento y el bienestar de las personas, sin obviar el hecho de que hay mucho de físico en los trastornos mentales y mucho de mental en los trastornos físicos.

En su conjunto, en el entorno actual de la salud mental, los profesionales están ya hace tiempo preocupados por el pensamiento, sentimiento y comportamiento perturbado de todo tipo, gravedad, y duración de las personas. Pero esta perturbación tiene una gran variabilidad: en un extremo se encontrarían aquellas personas excesiva y visiblemente trastornadas, alguna vez llamadas locos o lunáticos, y ahora diagnosticadas como “psicóticos” u otras de las abundantes categorías de los manuales de clasificaciones de las enfermedades mentales. En el otro extremo se encuentran las personas infelices o desdichadas, incapaces de poder hacer frente a las demandas de la vida, limitadas en su capacidad de amar, trabajar o encontrar el significado en sus vidas, ya sea durante períodos prolongados —que pueden abarcar la vida toda— o en episodios breves relacionados con el estrés, o una compleja y dinámica mezcla de ambos.

Al respecto, son interesantes las tempranas palabras de Korchin, en 1979, cuando afirmaba que: “Seguramente, siempre ha habido personas que eran dolorosamente tímidas o temerosas, incapaces de trabajar productivamente, de relacionarse afectuosamente con amigos y familia, que bebían excesivamente; que eran egocéntricos, inmaduros e impulsivos; que eran innecesariamente rígidos, moralistas, e intolerantes con los otros, o quienes se sentían inadecuados, derrotados, e inútiles, o en una entre mil otras maneras, llevaban vidas sin alegría que cargan a los otros. Para aquellos directamente implicados éstos eran problemas personales, que reflejan los defectos del carácter y la voluntad, que requerían de un esfuerzo más grande, de autoexamen y autocontrol, o el consejo sabio de amigos o consejeros religiosos... Pero hasta hace muy poco había poca preocupación científica con el desarrollo de la personalidad y su funcionamiento ni había muchos especialistas encargados de modificar su curso”.

En consecuencia, se debe ser muy cauteloso en la comprensión del concepto de enfermedad mental, que debe reservarse para situaciones en que, evidentemente, la magnitud de la problemática a que nos enfrentamos tenga un nivel de severidad tal que genere sufrimientos similares, o peores, a los que acompañan a cualquiera de las enfermedades orgánicas.

Tomando partido en la polémica, considero entonces que para las situaciones extremas, claramente reconocibles, resulta válido conservar la expresión enfermedad mental, pero hacerlo a sabiendas de que la salud es una sola, de que no se puede escindir lo mental del organismo como un todo, a sabiendas de que se está trabajando con un constructo que en consecuencia debe tener siempre presente la milenaria afirmación de la medicina de que “no existen enfermedades, sino enfermos”, y que solo con fines didácticos y de comprensión se hace tal delimitación.

¿Qué se entendería entonces por salud mental, conociendo de antemano que tendrá un alcance limitado y sensible a miradas críticas? Todo parece indicar que la salud mental supone la habilidad de una persona para disfrutar de la vida, tener una clara sensación de identidad y valor en que se aprecie y respete suficientemente a sí mismo, asumir una filosofía positiva de la vida, expresar adecuadamente sus emociones sin dañar o violentar los derechos de los demás, adaptarse con éxito a un espectro amplio de demandas, solucionar creativa y flexiblemente los inevitables problemas de la cotidianidad, hacer aportes a la sociedad mediante el estudio y el trabajo fructíferos, a la par que mantenerse rodeado de relaciones interpersonales positivas que se conviertan en verdaderas redes de apoyo social favorecedoras del bienestar, sin que ello signifique tratarse de un ser invulnerable al dolor y la imperfección humana. Es, en esencia, aquello que Carl Rogers llamó “permanecer vivo” (stay alive)

Y no se trata de demostrar que tal persona es una especie de supra humano, alguien sin conflictos, ansiedades o preocupaciones, o incluso momentos de egoísmo y maledicencia. ¡No se debe nunca ignorar la falibilidad del ser humano!, porque debido a sus elevados modelos ideales y metas, su autoconfianza puede extralimitarse y conocer del error y la frustración, con el dolor y las emociones negativas que ello conlleva, puede entonces incluso lastimar a los otros y sentirse culpable por ello.

Pero lo que distingue a la persona mentalmente sana es que todo esto no lo conduce a la retirada defensiva, la cólera hostil o a maniobras ficticias para salvar las apariencias. Por el contrario, la adversidad es contrarrestada tanto como resulta posible, pero sobre todo se convierte en base para el aprendizaje y la sabiduría adicional. Es así portadora de eso que en las últimas décadas se ha definido como “resiliencia” o capacidad para crecerse ante las adversidades “a pesar de”, una competencia para continuar indefinidamente su crecimiento, sin que ello signifique la ausencia de dolor o sufrimiento.

Por el contrario, una persona con su salud mental comprometida carece de, o resultan débiles, control voluntario, fortaleza del ego, flexibilidad y capacidad de adaptación; se experimenta a sí mismo como débil e indefensa ante intensas fuerzas, tanto internas como externas, incontrolables; su autoconcepto es distorsionado e irrealista, carece de una sólida autoestima o tiene una noción infinitamente exagerada e injustificada de su mérito; es alguien llevado por motivos de deficiencia, centrado mucho más en lo que no tiene que en lo que ya ha alcanzado, aunque esto último sea bastante; sus impulsos básicos son puestos de manifiesto en acciones torpes e impulsivas que laceran a los demás e incluso a sus propios propósitos; las emociones negativas son intensa y dolorosamente vivenciadas, y le afectan generalmente más que las emociones positivas, deviene así en un eterno inconforme; se caracteriza por sus frecuentes y rígidas maniobras defensivas, encaminadas más a la posposición de los problemas que a su solución, cristalizadas en síntomas (pérdida de sueño, irritación, temores, etc.); la sensación de amenaza está siempre presente y, con ella, la ansiedad y preocupación por algo real o potencial que habrá de acontecer; su conocimiento de sí mismo es negativo y engañoso, autodecepcionante.

En consecuencia, es regularmente incapaz de ser empático con los otros, quienes lo perciben en algunas ocasiones como peligroso e impenetrable, absorbente, entrometido y hasta invasivo de la vida de los demás; en otras, como ermitaño y hostil, y quizás patético, no digno de respeto. En resumidas cuentas, es miserable para sí mismo y perturbador para los demás.

Sin embargo, bajo las sugerencias del “abogado del diablo” debemos recordar una vez más que hay un continuo desde lo anormal o patológico hasta la normalidad y lo saludable, y que los límites son efectivamente confusos, con frecuencia en función tanto de momentos existenciales de las personas como de demandas contextuales difíciles de definir. No debe olvidarse que en situaciones diferentes, en esferas diferentes del comportamiento, y en momentos diferentes, cualquiera de nosotros, sin exclusión, podría parecer más o menos anormal.

Para despedirme, en consecuencia, los dejo con las interesantes palabras al respecto del poeta Jacinto Benavente, cuando afirmaba que “si la gente nos oyera los pensamientos, pocos escaparíamos de estar encerrados por locos”.

 

BIBLIOGRAFÍA

Bernstein, D. (1981): Introducción a la Psicología Clínica, Editorial McGraw-Hill.

Knapp, E.: Psicología de la salud, Editorial Félix Varela, 2007.

Korchin, Sheldon J.: Modern Clinical Psychology. Principles of Intervention in the Clinic and Community, Basic Books, Inc. Publishers, New York, 1979.

Lazarus, R & Folkman, S.: Estrés y procesos cognitivos, Editorial Martínez-Roca, Barcelona, 1986.

Roca, M.: Psicología Clínica. Una mirada desde la Salud Humana. Ed. Félix Varela, 2013.

Taylor, Shelley E.: Health Psychology, Third Edition, MacGraw Hill, Internacional Editions, 1995.

Walsh, Fromma (2000): Strengthening Family Resilience, SAGE.

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