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¿Pueden “ponerse” inteligentes las emociones?

Inteligencia Emocional

Uno de los mas importantes preceptos en la Psicología es el que se refiere a la unidad entre lo afectivo y lo cognitivo, entra la razón y las emociones; pocos conceptos expresan tal relación de forma tan fehaciente, sobre todo en lo que a su valor práctico para el bienestar de las personas se refiere, como el polémico concepto de inteligencia emocional.

Tal vez uno de los más conocidos temas de la Psicología, y al mismo tiempo de los menos comprendidos, lo sea el de la inteligencia, expresada fundamentalmente a través del denominado “cociente de inteligencia” (CI) y referido numéricamente en términos de habilidades intelectuales. En la vida cotidiana, en la niñez, su evidencia mas importante son las “notas” de la escuela; basta media vez en que un niño tenga bajos resultados académicos o dificultades para asimilar contenidos escolares, para que surja la preocupación acerca de un posible “retraso mental” o un “retardo en el desarrollo”. Para “diagnosticar la inteligencia” se aplican entonces los conocidos tests que brindan un “resultado científico”, objetivamente comprobable del potencial intelectual de la persona.

No obstante,  esta mirada tuvo imprecisiones referidas en lo esencial al descuido del estudio del impacto de los procesos emocionales sobre el comportamiento y el desempeño de las personas, que se han tratado de corregir en las últimas décadas desde que en 1983 H. Gardner se cuestionara seriamente el tradicional modelo de la inteligencia racional, medida a través del “cociente de inteligencia” y propusiera la teoría de las inteligencias múltiples, entre las cuales un papel relevante lo ocupa la “inteligencia interpersonal”, en tanto elemento nuclear de la capacidad emocional y factor decisivo en el éxito profesional y la madurez personal.

Sin embargo, es sólo en la última década del siglo XX en que surge, no sin polémicas, un real interés científico por la inteligencia emocional, un concepto que para algunos es considerado un oxímoron a partir del cuestionamiento acerca de si ¿pueden ser inteligentes las emociones?, pero que en última instancia está poniendo de manifiesto uno de los problemas centrales de la Psicología: la unidad de lo cognitivo y lo afectivo. Literariamente ello evoca el conflicto entre Apolo (representante del equilibrio, el control, la serenidad, la objetividad y la mesura) y Dionisio (representante del caos, el hedonismo, el descontrol, la desmesura.), un famoso dilema mitológico griego que representa la batalla entre mente y corazón, entre razón y emoción que rara vez quieren lo mismo, pero que están convocadas a trabajar unidas, mas allá de sus contradicciones, si quieren llevar a que la persona funcione y logre sus metas y propósitos.

Es el psicólogo norteamericano Daniel Goleman quien de hecho mas favoreció la popularidad del concepto de inteligencia emocional, con la publicación en 1996 de su libro “Inteligencia emocional “, a la que define como:

La capacidad de motivarnos a nosotros mismos, de perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, de controlar los impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo, de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y, por último - pero no por ello menos importante- la capacidad de empatizar y confiar en los demás.

Como puede apreciar el lector, en todas las aseveraciones de la definición está presente el componente emocional como modulador del bienestar subjetivo y la conducta, porque:

  • Es una actitud inteligente ante la vida el ser capaz de motivarnos y empeñarnos por el logro de metas y propósitos, que aún pareciendo distantes y obligarnos a diferir otros placeres, pueden conducirnos a mayores niveles de bienestar y prosperidad en un futuro.
  • Es una actitud inteligente ante la vida el ser capaz de perseverar en lo que nos proponemos, aún cuando los obstáculos parezcan empeñarse en irnos a la contra; dice el sabio refrán que “el que persevera triunfa”...
  • Es una actitud inteligente ante la vida el ser capaz de regular nuestros estados de ánimo, y actuar sensatamente ante situaciones que nos pueden irritar o angustiar, pero que si actuamos irreflexivamente bajo el efecto de dichas emociones podemos complicar mas aún la situación; dice una genial sugerencia que “conecte el cerebro antes de poner el cerebro, ¡o las manos!, a funcionar”
  • Es una actitud inteligente ante la vida el ser capaz de empatizar, de ponerse en el lugar del otro antes de juzgar o censurar; una vieja expresión sioux dice que “nadie conoce a otra persona hasta tanto no camine dentro de sus mocasines”,… nunca será esto del todo posible, pero pensarlo en términos de “como si” se estuviese, siempre ayudará mas que los juicios desde afuera.

Como se puede apreciar, ninguna de estas actitudes que expresan la competencia emocional de las personas requiere de un alto coeficiente intelectual para ponerse en práctica y pueden ser aprendidas y entrenadas en aras de un mejor vivir como convoca la psicología positiva; es mas hay personas con muy alto coeficiente mental pero que son verdaderos “analfabetos emocionales” que se pasan la vida en dificultades y conflictos por su incapacidad para implementar actitudes que mucho favorecerían el bienestar personal y la óptima convivencia social.

Y es que la inteligencia emocional supone la capacidad de conocer e identificar no solo las emociones propias sino también las de los demás, así como la destreza para gestionarlas y controlarlas de modo tal que no conduzcan a comportamientos y actitudes autodestructivos, cuando la persona se convierte en esclava de sus emociones en particular las negativas, y por el contario preponderen las emociones positivas y los estados de placer y bienestar.

A mayor inteligencia emocional más se logra lo que se quiere y más se evita lo que no se quiere, y por el contrario, ¿no conoce el lector a personas que son verdaderos elefantes en cristalerías emocionales que desbaratan con una facilidad extrema los mejores momentos y relaciones emocionales? Parafraseando aquí a Albert Ellis, es legítimo afirmar que la falta de inteligencia emocional hace que personas inteligentes se comporten como verdaderos imbéciles, y cuando es válido afirmar que una buena parte de la inteligencia emocional se expresa en la capacidad de encontrar múltiples alternativas de solución a los problemas de la vida cotidiana, la imbecilidad emocional se empeña en buscar múltiples problemas a cualquier alternativa de solución.

 La inteligencia emocional está presente en todos los campos de nuestras vidas -el trabajo, la familia, las relaciones interpersonales-, aunque no siempre se expresa en todos por igual. Así, de igual manera que hay personas que se caracterizan por ser emocionalmente torpes en todo, hay otros que son especialmente talentosos en cualquier esfera de la vida cotidiana, e inclusive hay personas que de manera diferenciada funcionan muy bien en una esfera, pero son pésimos en otras, ¿no conoce el lector a personas que son muy exitosas en su vida laboral, pero que son pésimos padres o madres de familia?

Tal vez la buena noticia es que a diferencia de la inteligencia para lo cognitivo que parece estar muy regida por límites biológicos con pocos niveles de movilidad, emocionalmente, y mas allá de coeficiente intelectual o de características de personalidad, sí es posible ponerse inteligente cuando la persona se lo propone seriamente a través de algunas intencionalidades como.

  • Una valoración positiva de sí mismo como factor determinante para el auto respeto y la madurez emocional, que permita la coherencia entre lo se dice, lo que se piensa y lo que se hace. En gran medida, de cuánto uno se quiera y se respete a si mismo dependerá la capacidad de resistencia y tolerancia ante los inevitables fracasos y frustraciones de la vida cotidiana, el alejamiento de cualquier exagerado sentimiento de culpabilidad y el destierro de muchas emociones negativas no sanas, que en su conjunto forman parte de la inteligencia emocional.
  • Una buena capacidad de hacerse responsable por la propia existencia sin ignorar las necesidades de los demás significativos, lo que supone la capacidad de autodirección y capacidad de tomar las propias decisiones de manera realista, asumir los riesgos y comprometerse con las propias consecuencias de sus actos.
  • Una óptima capacidad de disfrutar de la vida, algo a lo que Carl Roger le llamó “estar vivo” y que supone la capacidad para disfrutar consigo mismo, un buen sentido del humor, un culto a la flexibilidad y la tolerancia a la frustración.
  • Un buen nivel de lo que se define como “inteligencia social” que supone un manejo y control apropiado de las propias emociones en las relaciones con los demás, como el odio, la ira, pero inclusive hasta con el amor, así como la capacidad para identificar y respetar las emociones ajenas.

Obviamente no se agota con lo anterior lo que a Inteligencia emocional incumbe, incluso es un concepto que no deja de polemizarse en ámbitos académicos y científicos, pero en lo que a sus beneficios se refiere es al menos un interesante punto de partida para intentar cultivarla.

Comentarios

A pesar de que la educación

Imagen de Aymara

A pesar de que la educación generalmente se centra en desarrollar habilidades en la esfera cognitiva, cada día es más evidente la necesidad de desarrollar habilidades para favorecer una inteligencia emocional, pues el coeficiente intelectual por si solo no garantiza el éxito de los individuos en la vida cotidiana.

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